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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Mis escritos

El velorio

Hacía sesenta y nueve años que lo leí, y no había vuelto ni a tenerlo en mis manos, quizá sí, el día que lo catalogué y lo puse en el estante que le correspondía. Al llegar mi padre a casa, me lo puso en las manos y me dijo para que lo leas: "Tagoro" Consejo Superior de Investigaciones Científicas Instituto de Estudios Canarios. En la primera página a imprenta: La presente edición se han numerado (?) Ejemplar nº 326 y en la siguiente de puño y letra de mi padre Obsequio de Don Sebastián Jiménez Sánchez 1946.

Quiero compartir con ustedes la pregunta que nos hace Pancho Guerra en su Diccionario editado por Ediciones Edirca. ¿En qué se apoyaba la costumbre de los nueve días de velada a las paridas de corta conveniencia? Vela.- En Gran Canaria concretamente, regocijo nocturno en casa de una parida, durante nueve noches (ésta llamada la última) para evitar que en soledad las brujas mataran por asfixia a la criatura, ya que las madres recién paridas dormíanse descuidadas y ahogábanlas. De ahí Velatorio, que en castellano es velar a un difunto o enfermo. Esto en Gran Canaria es velorio

El velorio. Era costumbre general en Canarias, por lo menos tengo conocimiento de que se practicaba en Fuerteventura, en Gran Canaria y en La Palma. Y es de suponer que también existiese en las demás islas. Con ligeras variantes, según las épocas y lugares, coincidía, sin embargo, en lo esencial.

Leído el libro, comenté con mi abuelo Ceferino (1869-1963) la materia del, libro y por su puesto el "Velorio" y pareció no darle más importancia que comentarme que era, eso de la última un desorden, que él no había sido invitado a ninguna de ellas y que creía que la autoridad había tomado cartas en el asunto, pues con el paso del tiempo se había desvirtuado su origen, originando en las mismas familias más inquietudes e incomodidades que beneficios.

Consultado el Diccionario de canarismos por Antonio Lorenzo, Marcial Morera y Gonzalo Ortega, nos aclara que "Velorio" es reunión de gente en casa de una parturienta, para celebrar bebiendo y cantando, el nacimiento de su hijo. Solía celebrarse por las tardes y por la noche y duraba unos ocho días después del alumbramiento. "Se acostumbraba nueve noches de velorio y esas nueve noches estábamos fijos en casa de la parida, para celebrar el velorio hasta que se cristianase el niño".

Podría en los datos recogidos, dar fácilmente una referencia de esta costumbre. No obstante, prefiero que sean ustedes quienes directamente lo recojan de don Domingo José Navarro, testigo y seguramente, copartícipe en su larga vida, de más de un velorio. Que en los interesantísimos Recuerdos de un noventón nos dejó escrito.

En las clases de corta conveniencia variaban las costumbres tanto en la ciudad, como en los demás pueblos de la isla. Desde la primera noche del día del parto hasta la novena, todas las vecinas y conocidas de la parida y algunos hombres entraban en la habitación y no salían hasta media noche, dejando dos o tres en vela, mientras no aclarase el día. Las horas de las veladas se entretenían con cuentos más verdes que blancos, con juegos de prendas intencionados y picarescos, con alguna descamisada, o desgranada, o charlando y mascullando gachafisco o piñas asadas.

El bautizo se efectuaba a los nueve días con repique de campanas. Si el padrino era rumboso tiraba puñados de cuartos desde la puerta de la iglesia; si no podía tanto echaba almendras confitadas y si era pobre sembraba gachafisco o algunos cigarrillos de papel. El que nada daba lo pasaba mal con la silba y la gritería de los muchachos.

La última se celebraba la noche del bautizo costeando el padre y el padrino el gasto de un tercio de vino, una o dos botijas de aguardiente, algunas roscas y torrijas, anises y almendras confitadas. El baile con música de tiple y guitarra empezaba temprano y en cada intermedio se repartía vino o aguardiente con algo de lo demás que había. Generalmente el baile y los alegres cantares se mantenían en buen orden hasta la una o las dos de la mañana; pero desde esta hora en adelante era muy raro que los cascos calientes con la bebida no dieran lugar a alguna disputa, cuyo motivo siempre se buscaba. Entonces uno de los hombres apagaba el candil con un garrotazo y se armaba dentro y fuera del aposento una paliza general que no terminaba hasta que cansados, molidos y achichonados iban poco a poco dispersándose.

La última que no concluía de este modo, no merecía la nota de buena.

¿En qué se apoyaba la costumbre de los nueve días de velada a las paridas de corta conveniencia?

Es tradición que fue muy frecuente el hecho de que los recién nacidos amanecían muertos y amoratados en la misma cama de sus madres. Este desgraciado suceso se atribuía a las brujas que entraban callandito y les chupaban la sangre. En vano para evitarlo se les puso tras la puerta la escoba con las ramas arriba, ni las tijeras abiertas en cruz debajo de la cama, ni el palmo bendito del Domingo de Ramos a la cabecera, ni la aspersión de agua bendita en toda la casa; las brujas se manifestaban siempre reacias. Entonces para contenerlas, algunas piadosas vecinas empezaron a velar, teniendo en brazos a la criatura, al paso que rezaban sus devociones. El remedio fue eficaz y arraigó la costumbre de velar a las paridas, quienes recompensaban las veladas con un baile la novena y última noche.

No es necesario decir que los niños morían asfixiados por sus propias madres que en una vuelta de su profundo sueño los oprimían con el peso de su cuerpo.

Fue tanto el desorden y la desobediencia a la autoridad que, según don Manuel Sánchez Rodríguez ha dado a conocer en una provisión dada por la Real Audiencia de Canarias, el 27 de abril de 1768, que demuestra hasta qué punto llegaban los cándalos y desórdenes derivados de estas fiestas, llamadas entonces velas de parida, y con qué vigor se reprimían (multas dinerarias, destierro a alejamiento de su pueblo o isla, así como pena de cárcel)

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