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Javier Durán

Desviaciones

Javier Durán

Periodista

Una PNL para los artistas

El diseñador Javier Mariscal, autor de Cobi, el símbolo de Barcelona 92, exhibe en entrevistas la ruina de su factoría creativa, cercenada por el carácter hidrocefálico de la crisis, cuyos líquidos se extienden hasta pasillos y cavidades abisales. El diseñador gráfico se erige como emblema cariacontecido (aunque él lo expone con guasa sobrada) de la caída de los dioses de la explosión cultural que arrambló los erarios públicos de España, dispuestos a cualquier postureo, costase lo que costase, con tal de estar en la modernidad, en la movida o en el asunto de tener a mano una cresta punk. Tamaña corriente de despropósitos no neutraliza un valor inequívoco de la época: un esfuerzo tremendo por extender la cultura a través de importantes infraestructuras museísticas, entre las que, claro está, hay que separar la paja del trigo como en todo lo que lleva la marca del propagandismo político.

Lo vivido sin ton ni son o con miedo a que algún día estallase por los aires puede que nos haya dado o no una perspectiva diferente. Una de ellas, hasta anecdótica para algunos dada la problemática global, es que pintores, escultores y galeristas se han convertido es una especie de mendicantes que recorren los despachos públicos, ya no tanto para obtener el encargo de una obra o la compra de una pieza, sino más bien para obtener ventajas fiscales o excepciones legislativas que les puedan sacar de la crisis en las que se encuentran sus exhaustos bolsillos. Es más que probable que este pastoreo, y sin querer echar la simiente del desaliento, reciba el amor fraternal de la víspera electoral, y que luego caiga chorreante en el olvido más esquinado.

La acuciante sequía que padece el mercado del arte en las Islas Canarias volvió a entrar la semana pasada por la puerta del Parlamento. No sé ni cuántas lo ha hecho ya con motivo de la frontera fiscal (un absurdo en Europa) que padecen los artistas isleños, a los que fríen a impuestos por su condición de insulares. Sin resolver este expediente de color sepia (menor para Montoro y terciario para el gabinete de Clavijo), las fuerzas políticas del hemiciclo regional se lanzan ahora a la aprobación una PNL para instar al Gobierno a que articule un acuerdo entre el sector turístico y cultural, de manera que el segundo pueda beneficiarse con la modernización de la planta hotelera. Es decir, que escultores y pintores tengan la posibilidad de vender su obra a estas iniciativas empresariales que, a su vez, verían aumentada la categoría de sus establecimientos gracias al arte que acogen en sus salones o espacios ajardinados.

Aun con la sospecha de que tanto ringorrango de unanimidad expida el tufo del cosquilleo electoral, decir que legislar sobre excepcionalidad cultural no es ninguna extravagancia. Perdón, mejor dicho: en España, con el IVA y la piratería a espuertas en el sector cultural, medidas de este tipo constituyen todo un asombro. En Francia, cuna de esta protección, defienden de las garras multinacionales la creación nacional, importándoles una bledo la acusación de patrioterismo; tendencia, por cierto, que aplican como si la vida se les fuese con el libro, el cine y ahora con los flujos informativos (utilización de contenidos periodísticos) de gigantes como Google. Por lo tanto, la iniciativa de Podemos en el Archipiélago abre un panorama: la realidad de que se pueda sacar adelante un marco legal, al que podrán acogerse o no los empresarios, que también podrán elegir entre la oferta la obra que mejor les parezca. Y si no encuentran ninguna de su agrado para enriquecer su hotel, pues a otra cosa. Imagino que será así, pues de lo contrario se entraría en una especie de propuesta de abuso de poder. Cuestión importante, y no baladí, es saber cómo se articula el nexo entre el artista y el promotor turístico. Va a existir un catálogo de nombres, hay que pertenecer a una asociación determinada, cuáles van a ser los precios, qué tratamiento fiscal se va a aplicar... En fin, asuntos de transparencia para no espantar.

Así y todo, en caso de salir adelante el mecanismo legal, destacar que hay que dejar margen a la relación que siempre se ha establecido entre un comprador de arte y el artista, donde aparecen códigos, cómo no, referidos a la revalorización de la obra, a la cotización de la misma en el mercado, a su mayor o menor presencia en las colecciones de los museos... O simplemente a un criterio derivado del entusiasmo que la misma provoca, y que activa el sentido estético del que está dispuesto a firmar el cheque. Sin estos estímulos (y no son todos) resulta difícil que el proceso de unir el arte con el turismo en Canarias salga adelante, tal como pretende la PNL impulsada por los artistas visuales de las Islas.

Uno de los alicientes es el carácter pionero del Archipiélago en estas lides, donde un creador emergente como César Manrique (todavía no era famoso) y unos políticos de cuño franquista se confabularon para romper el esquema de desarrollo turístico tipo Benidorm. El proyecto arte y naturaleza promovido por el lanzaroteño posibilitó una serie de espacios libres, por todos conocidos, además de una tendencia paisajística que hace de la Isla un destino competitivo, indiscutible frente al monotemático de playa y sol.

No hay ni que decir que estos fenómenos dependen mucho de las individualidades, digamos que de un coraje especial para mantener a raya los intereses más codiciosos. Pero también hay otros factores, sin ir más lejos la necesidad de empresarios sensibles, dispuestos a ceder parte de sus ganancias a la sociedad. Y en este aspecto hay retroceso: el viejo Oasis, en Maspalomas, contó de la mano de sus promotores con un mural de Millares y una escultura de Chirino, también emergentes en el momento, pero con visos de que merecían una apuesta. En todo caso, vamos a ver qué ocurre con esta PNL todavía sin guisar.

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