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Javier Durán

Desviaciones

Javier Durán

Periodista

Es la Historia, no las pasiones

A lo largo de varias semanas nos hemos sentado durante una hora alrededor de una mesa de reuniones de la Fundación Juan Negrín para hacer el programa del ciclo de conferencias El fin de la Dictadura. 40 años de libertad, llevados por el objetivo de que las cuatro décadas (se cumplen el próximo viernes 20) de la muerte del dictador no pasasen de largo. De los encuentros entre la entidad que custodia el archivo del último presidente del Gobierno de la República, el Gabinete Literario y el Club LA PROVINCIA ha salido un programa que ya recorre las redes sociales y que se anuncia en este periódico desde ayer. Más allá de la resolución satisfactoria de los problemas de intendencia que se nos han puesto delante, la gratificación máxima ha estado en la constatación de que desde el comunicado tristón de Arias Navarro la travesía lleva en su lomo la marca de un proceso donde cada vez más la ignominiosa etapa constituye un material preciado para la Historia, y menos para las pasiones o como instrumento para el partidismo político.

Cierto es que este debate sobre el franquismo en los libros de historia (unas veces entre historiadores y otra entre aficionados) no puede en modo alguno sustituir ni solucionar decisiones políticas como las de las ayudas para rescatar a los muertos de la Guerra Civil aún en las cunetas, pero no es menos cierto que la ebullición historiográfica impide que el velo del olvido se haga dueño de la coyuntura y que la figura del sátrapa se descomponga hasta el punto de que se le considere la cabeza visible de un régimen autoritario y no dictatorial. En este punto hay que subrayar la originalidad de nuestro sistema público cultural: una fundación en honor a su memoria tiene en sus archivos los papeles de Franco, recibe subvenciones, pero el ministerio de turno desconoce lo que está allí depositado, carece de copia. ¿Una barbaridad? Sin duda alguna, pero hagamos de los problemas oportunidades: la utilización de estos documentos por sus historiadores de corte constituye un acicate para que la controversia constructiva siga abierta. Sólo hay que recordar el grado de espanto que provocó el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia (también subvencionado) con sus variopintas entradas, y su sobrada mala baba para engalanar y manipular contra el sentido común.

La historia, el juicio de los historiadores, parece por tanto la mejor habitación para ajustar el inconsciente colectivo de una sociedad a la que el incuestionable destino biológico (para el que todos estamos tocados) la separa ya del franquismo, y la lleva a desacralizar y destronar no sólo hechos, sino también las valoraciones. Nadie posee la autoridad para exigir que la dictadura no se evapore de las nuevas generaciones, pero sí existen las herramientas necesarias para que los alumnos reciban en las aulas un conocimiento grueso y no somero de la etapa, sobre todo en un periodo donde los discursos de cariz ultraconservador (de la intolerancia en todas sus versiones) alcanzan cobijo en los parlamentos europeos. El franquismo, por tanto, debe ser reconocido como un fascismo más, un adlátere indudable del nazismo y de la Italia de Mussolini.

Decía al principio que ha sido una colaboración grata e inédita de tres entidades para lograr el perfil del ciclo de conferencias que pronunciarán Alberto Anaya, Ángel Viñas, Gregorio Morán, Eligio Hernández, Emiliana Velázquez y Agustín Millares. Desgranados aquí bajo la condición de la cortedad del espacio algunos de los empeños que motivaron el encuentro, me gustaría también resaltar que este programa contiene en su esencia un hálito maravilloso: la sublevación de 1936, en lo que se refiere a Franco, nació la madrugada del 18 de julio en el hotel Madrid, en el mismo barrio de la niñez y adolescencia de Juan Negrín. Este azar tan hiriente incrementó la extirpación durante 40 años del político y científico socialista de su ciudad natal, una situación que inició su andadura en sentido contrario a partir de la Transición (indemnización a los Negrín por las propiedades incautadas) y que se normalizó con la llegada del Archivo. El fin de la barbarie desde la serenidad, sin pasiones ni virutas de rencor, es la aspiración. Y la Historia como disciplina científica es su ámbito. Hemos elegido como imagen para nuestro encuentro una fotografía de Alberto Schommer, el hombre que descuelga un retrato de Franco en una oficina de la burocracia del Régimen, sin que ello signifique un alimento para la amnesia, sino un freno al culto a la personalidad.

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