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Papel vegetal

Patriotas contra la islamización de Occidente

Leíamos hace algunos días cómo la candidata independiente a la alcaldía de Colonia, Henriette Reke, había sido víctima de un atentado que la mantuvo en coma mientras los ciudadanos de la ciudad renana, horrorizados por lo ocurrido, la elegían para ese puesto.

La crisis de los refugiados ha terminado provocando en ese país algo que en cierto modo se veía venir y con lo que seguramente no contaba la propia canciller alemana: la rápida radicalización del movimiento Pegida, de Dresde, y de sus ramificaciones en otros lugares, sobre todo en el Este del país. Por un lado, la Willkommenskultur, la cultura de la bienvenida, con los alemanes acudiendo voluntariamente a las estaciones a recibir a los refugiados, como si quisieran con esas muestras de generosidad y altruismo expiar finalmente las culpas de sus antepasados. Por otro, un peligroso renacimiento del odio en algunos sectores: el odio al otro, al extranjero, y sobre todo, al musulmán. Y así tenemos reuniones cada vez más concurridas en las que individuos como Akif Pirincci, un escritor de origen turco, suelta en una de sus arengas frases intolerables como esta: "Es una lástima que los campos de concentración ya no funcionen". Frase que obligó incluso a disculparse a Lutz Bachmann, fundador y también xenófobo líder de ese movimiento.

Hace sólo un año, el vicecanciller socialdemócrata, Sigmar Gabriel, hablaba de dialogar con la gente de Pegida, lo que le valió fuertes críticas incluso desde dentro de su partido, pero hoy, en vista del odio acumulado, cualquier intento de razonar con ellos parece inútil. Sin embargo, no todos se dan por vencidos en Dresde, esa hermosa ciudad barroca sobre el Elba que pintó Canaletto -la llamaban la Florencia del Norte-, arrasada por la aviación aliada en la Segunda Guerra Mundial y que ha sido desde entonces cuidadosamente reconstruida.

Así, un director de izquierdas llamado Volker Lösch, conocido por su teatro político, prepara estos días allí una obra basada libremente en Graf Öderland (El conde Öderland), del suizo Max Frisch, que tiene como personaje central a un fiscal que, tras identificarse extrañamente con un empleado de banca que acaba de cometer un asesinato, se echa al monte y, al frente de una insurrección, se dedica a cortar con un hacha la cabeza de cuantos se le oponen. Lösch y su equipo están dispuestos a estrenar su versión de ese drama pese a las cartas incendiarias que reciben diariamente de los de Pegida y que contienen mensajes como "Os vamos a pillar a todos", "Os exterminaremos, izquierdistas de mierda" o "La primera bomba debería explotar en el teatro".

Los actores, algunos profesionales y otros aficionados, reconocen con todo que el ambiente está cada vez más polarizado en la ciudad y admiten que a veces les da miedo circular por algunos barrios. Una de las actrices, que se citó hace poco con un refugiado sirio para hablar de sus problemas, tuvo que soportar que alguien le dijera a la cara: "Ahora los inmigrantes se llevan a nuestras guapas rubias". Argumentos similares a los utilizados en su día contra los judíos. Y, por infame que nos parezca, el líder de Pegida afirma sin rubor que sus correligionarios se sienten hoy en la democracia alemana como los judíos en 1933: difamados y perseguidos.

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