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Música satánica para una carnicería

Un grupo de "death metal" tocaba cuando entraron los terroristas cargados de armas y bombas

En la sala parisina de conciertos Bataclan, alrededor de las nueve y veinte de la noche, tocaba ayer un grupo inglés de "death metal", música satánica, cuando sonaron los primeros disparos. En los alrededores creyeron que se trataba de petardos. Luego, inmediatamente, el ruido dejó paso al caos y el pánico: un número indeterminado de cuerpos yacían sobre el suelo.

Los que pudieron escapar del interior, en medio de escenas de pánico y de confusión, explicaron cómo unos encapuchados se habían abierto paso al grito de "Alahu Akbar" (Alá es el más grande) disparando sus fusiles automáticos. Dentro permanecían, según los datos de la policía, cien rehenes en manos de los terroristas, y los cadáveres de otras 15 personas asesinadas.

Bataclan, en el bulevar Voltaire, del distrito XI, alberga una dilatada historia entre sus paredes pero nada parecido a lo de ayer en el sentido atronador de la tragedia. En primer lugar porque na- die era capaz de explicarse lo que estaba pasando por delante de sus ojos.

Todo sucedió demasiado rápido en la famosa pagoda china de Charles Duval, el arquitecto que construyó el edificio en 1864. En sus orígenes, el Bataclan fue un salón de baile y teatro donde se representaban los vodeviles de Scribe, Bayard o Mélesville, algunos de los talentos más apreciados del momento. Posteriormente, ya a principios del siglo pasado, fue Maurice Chevalier quien obtuvo allí sus primeros éxitos.

En 1932, la sala se vendió y pasó a ser un cine. Luego, a mitad de la década de los cincuenta, tuvo que adaptarse a las normas de seguridad de los tiempos, y en los inicios de los setenta había recuperado su condición de gran centro de espectáculos. Por allí han pasado desde entonces hasta ahora decenas de grupos de rock, pop, chanson y jazz. Bataclan ha sido y es una referencia del espectáculo, uno de los locales más representativos de la capital francesa y de los más queridos por los parisinos.

En la actualidad, se podría decir que los años no han pasado por ella. Mantiene los colores originales, salvo lo que concierne al antiguo y exótico techo con el que se quiso rendir homenaje a la chinoiserie musical que guía la opereta de Jacques Offenbach que inspiró su nombre.

Desde la noche de ayer su historia, además de estar profundamente enraizada en la sociedad, no se podrá desvincular del espectáculo más siniestro: el del terror. Cada viandante con memoria que cruce por delante, pegado a la sala, o frente a ella por La Petit Cambodge, se acordará de un fatídico 13 de noviembre en que se estremeció el distrito XI.

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