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Cien líneas

Laico

Jean-Paul Sartre en su tragedia Las moscas, en la que reconstruye la venganza de Electra por el asesinato de su padre, Agamenón, pinta a un orgulloso Júpiter que desprecia a Orestes y, así, le espeta: "Mírate, criatura desvergonzada y estúpida: tienes un gran aspecto, en verdad, todo encogido entre las piernas de un dios caritativo, con esas perras hambrientas que te sitian. Si te atreves a afirmar que eres libre, entonces habrá que ensalzar la libertad del prisionero cargado de cadenas, en el fondo de un calabozo, y la del esclavo crucificado". Francia es casi una criatura sartreana. Al menos la Francia de la Cuarta y Quinta República que, a cuenta de los terribles atentados de París, ahora se tambalea. El mito dorado del laicismo queda de esta tocado. Quizá hundido. Cinco millones de musulmanes -o seis o siete- son ajenos a ese espacio de valores. También la derecha católica lleva extramuros mucho tiempo, aunque nadie quiera enterarse. Sartre, en su revisión de los mitos clásicos, se rebela contra la pasividad de los hombres ante la crueldad de los dioses. Atención, estrenó la obra en 1943, en el París ocupado por los nazis; en el Théâtre de la Cité, renombrado ya que su denominación original era Sarah Bernhardt, actriz judía. Estos progres siempre tan plásticos. El hombre sólo será libre si se convierte en Dios, dice Sartre. Y como eso es imposible nunca será libre, me atrevería a añadir yo. La cuestión es: ¿el Estado francés -o sea, Dios- puede derrotar al terror? Me refiero, claro, al Estado laico. Sospecho que no podrá.

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