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Zigurat

Mentiras y muerte

El alcalde de Bruselas se ha planteado públicamente si el estado de emergencia en el que está la ciudad, lo que conlleva pérdida de libertades individuales y colectivas, es una exageración. Además del problema que supone para el desarrollo de la capital donde metros, colegios, universidades y lugares de esparcimiento como las terrazas están cerradas hasta nuevo aviso y con la gente en sus casas. Solo hay un nombre para calificar la situación: miedo.

Pero el miedo a la siembra del horror es lo que quieren los terroristas, porque aún estando tan lejos su centro de mando, sus soldados actúan con el AK47 conectado a la red. Contra esta macabra provocación poco se puede hacer si no va acompañada de soluciones políticas y económicas. Cuando los países que quieren guerra a toda costa se preguntan por sus posibilidades, están pensando también en la industria bélica, por sus ventas y ensayos de nuevos artefactos sin simuladores.

Todas las bombas, todas las armas de asalto, los blindados y camiones fueron vendidos o donados a los que en estos momentos los utilizan para combatir a quien se los vendió. Probablemente nunca sabremos qué es lo que hay detrás de todo este movimiento de piezas en una nueva partida crucial para la historia, pues es la primera vez que los países que tienen o han tenido intereses en Oriente se han unido para borrar del mapa a ISIS y de paso a todo lo que se mueva en la región.

Cuando nos digan cuál es el papel de Arabia Saudí y los regímenes totalitarios del Golfo para con sus hermanos de credo, a los cuales dejan a los pies de los caballos europeos, cuando podrían darles un espacio para vivir hasta que se solucione el asunto. Porque petrodólares no les faltan. Al ser aliados de Occidente -infieles, cruzados-, por sus fuentes de petróleo, sería una buena solución para cientos de miles de refugiados; pero ni los desplazados quieren vivir bajo dictaduras ni Arabia Saudí quiere en su tierra gentes blasfemas e idólatras, aunque sí tropas norteamericanas.

La respuesta de Francia ha sido un movimiento de venganza; sin haber terminado el duelo nacional ya bombardeaba Siria y a día de hoy continúa, mientras recorre todas las cancillerías de Europa para pedir apoyos, lo que ha conseguido de la ONU, que es lo que interesa a gobiernos democráticos: un respaldo pseudo moral a los ataques e intervenciones en tierra ajena. El presidente francés Hollande sale reforzado en las encuestas por su reacción visceral a los atentados de París; en este asunto se acerca dramáticamente a EEUU donde cada presidente se estrena o se va de la Casa Blanca con una guerra para celebrarlo. Es algo así como sus fuegos artificiales.

En estos instantes estamos en el punto más crítico de la historia reciente y ya es tarde para elaborar proyectos que desactiven el cerebro de estos fundamentalistas -adjetivo inventado por un predicador de EEUU hace cien años, para referirse a su propio movimiento-.

Nadie desea ver llegar ataúdes de soldados a sus respectivas patrias, pero ya han muerto más civiles occidentales en la región que soldados. Porque hay un cambio de visión o si se quiere de interpretación: la muerte parece ser un valor absoluto, la puerta para la levitación y la recompensa en el más allá, y la vida pierde su valor al estar sometida a la muerte.

Solo una cultura de la vida, que es lo que hay que inculcar, será posible cuando los seres humanos hablen, ya que los dioses están mudos u ocultos, pendientes de incinerarse otra vez en la zarza para subsistir.

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