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Crónicas galantes

Las elecciones de Bertín

El gran debate sobre las elecciones del próximo 20 de diciembre lo va a organizar Bertín Osborne, al que han pedido cita -en tu casa o en la mía- los candidatos Mariano Rajoy y Pedro Sánchez. Las condiciones del flirteo las ha puesto el cantante, que por algo acumula 3.268.000 espectadores de media y una cuota de pantalla del 17,3 por ciento en su programa.

A ese panal de rica audiencia acuden, como moscas, el presidente del Gobierno en ejercicio y el líder de la oposición que aspira a quitarle el puesto. Pudiera parecer que se dejan llevar al catre por el seductor Bertín, pero lo que de verdad los atrae es el caladero de millones de espectadores en el que con suerte pescarán algo si aciertan a echar bien sus redes.

Poco importa a estos efectos que sus antecesores en la casa de Osborne hayan sido habituales de las revistas de colorines como Jesulín, Los Morancos, Mariló Montero o la nieta del Generalísimo. Al contrario. El público adicto a estos programas es una representación mucho más exacta del pueblo español que la de quienes asisten a sus mítines. Tan aburridos y predecibles.

Un votante es un tesoro que hay que buscar allá donde esté, que suele ser en la tele. Ahí sobran las ideologías. Al plató de El Hormiguero acuden imparcialmente a bailar la vicepresidenta conservadora Soraya Sáenz de Santamaría y a cantar -con su propia guitarra- el revolucionario emergente Pablo Iglesias. Dispuestos a todo por el preciado botín del voto, los candidatos se suben a un globo, conducen automóviles de rally y hasta concurren al programa de Ana Rosa, entre otras actividades de evidente riesgo. Siempre que haya cámaras delante, claro está.

Los políticos han comprendido por fin que la realidad no existe más allá de la televisión. Si la democracia es un abuso de la estadística, como sugería Borges, la tele se basa directamente en la adoración del número, que en la jerga del gremio se denomina con palabras raras como share, rating y así. Una manera como cualquier otra de decir que el que más telespectadores consiga es el que se lleva la ganancia.

Así lo entendieron en su día el entonces ministro de Fomento, José Blanco, y la de Exteriores, Trinidad Jiménez, al presentarse en el plató de cierto programa de telebasura bajo el principio de que "el político tiene que estar donde está la gente". Su ejemplo pionero lo seguiría años más tarde el candidato socialdemócrata Pedro Sánchez, que no dudó en llamar al teléfono de Sálvame para salir en antena. Y, por descontado, Pablo Iglesias, que no deja de aparecerse en la tele a sus fieles, con gran éxito de público y votos para el partido que encabeza.

De la televisión, auténtico núcleo del poder en la monárquica España, no paran de salir políticos y hasta princesas: ya sean del pueblo como Belén Esteban, ya procedan de los telediarios, como la actual reina Letizia. Medio vagamente prodigioso, la tele tiene entre otras virtudes la de crear la realidad o, cuando menos, reinventarla.

No ha de extrañar, por tanto, que el verdadero debate de candidatos para las elecciones de diciembre lo organice el presentador televisivo Bertín Osborne, aunque sea dentro de un canal público como TVE. Al presidente Rajoy, eso sí, le ha dejado elegir su casa de alquilado en La Moncloa para la cita. Natural. No es el quien manda en la tele y en el voto, sino la audiencia. La de Bertín, por ejemplo.

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