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Opinión

6 de enero, viejos y nuevos ruidos

Cada uno tiene una isla del tesoro creada o a punto de crearse (¿quién dijo que es sólo para infantes malcriados?) en la covachuela. No siempre es el obsequio, ni tampoco una frenética destrucción de papeles y lazos. En la Cabalgata de Reyes ocurre una curiosa fechoría vital: cientos y cientos tratan de acercarse lo más posible a los monarcas, mientras que otros cientos y cientos se alejan a lo más recóndito, a un pasado remoto donde oyen las voces del despertar y ven pasar por encima de sus cabezas sonrisas, abrazos y juguetes. Quizás no nos hayamos percatado, pero esa felicidad que viene de los estertores de la infancia, que se hunde en el mullido espacio de los olores, alcanza una locura indescifrable espoleada por el deseo de transmitir a los pequeños la sensación de bienestar que vivieron los padres cuando conocieron el brillo de la bicicleta. Y así es la lucha: el intento contra viento y marea de que no se desvanezca la ilusión, que el pérfido progreso no arranque de cuajo el momento mágico, que el paraíso habitado por estrellas no decaiga y que los Reyes Magos no tengan nunca que cambiar los abrevaderos de sus camellos por bebederos informatizados activados por una célula fotoeléctrica. Un ejército de familias sale a la calle dispuesto a cumplir con el trasvase: transmitir a sus hijos y nietos el potente recuerdo de un salón lleno de sorpresas, volcados en la ferviente idea de que este mundo no les puede robar el instante, a lo mejor el único que logra separarlos, desviarlos, de una realidad plagada de sinsabores. ¡Los Reyes Magos (o magas) como medicina contra los lamentos¡

Ya sabemos que la isla del tesoro no está compuesta sólo de filas y filas de paquetes. Hay más: los que retornan a la bruma desatascan los ruidos embravecidos que llenaban la noche, y tratan veinte, treinta, cuarenta o cincuenta décadas después de que esos crujidos vuelvan, de que los camellos coman los trozos de lechuga, de que su imaginación antigua pueda ganar la pugna con la imaginación terrible, adiestrada y llena de recovecos de estos pequeños tan capaces de todo, tan nadadores en la abundancia, tan exigentes en la petición de situaciones más extrañas... Alguno no se contentará con grabar con el móvil la Cabalgata, sino que exigirá a la manera de un tirano poner el audio y el vídeo en dirección a sus majestades la noche de autos, mientras descargan casa por casa.

El tiempo no acompaña lo suficiente. Está claro, clarísimo, que hay que afinar igual que un ave rapaz. El agotamiento es perceptible: contentarlos, maravillarlos, deviene en un gran esfuerzo. Nos machacan a preguntas, y a nosotros nos toca ser como grandes escenógrafos. Buscamos en el salón de nuestras vidas, en el sueño más vaporoso del seis de enero de un año, y se lo inyectamos en vena. La batuta no puede entrar en barrena: luchamos contra una generación cargada de herramientas, como dicen ahora.

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