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Crónicas galantes

Sin gobierno y tan campantes

Acostumbrados a hablar mal del Gobierno -cualquiera que sea-, los españoles inauguran el nuevo año algo perplejos, como si les faltase algo. Funciona de retén un Consejo de Ministros provisional, ciertamente; pero no un Ejecutivo con mando en plaza ni expectativas de que vaya a haberlo en los próximos meses. Así no hay quien pueda rajar como es debido en las barras de los bares ni en los garitos de internet.

Tampoco hay especial motivo de preocupación. Tras la votación a la italiana del pasado día 20, hemos asumido como si fuésemos italianos de toda la vida que el gobierno es un mal más o menos necesario del que se puede prescindir durante un tiempo sin que pase nada. Otra cosa sería -Dios y Villar no lo quieran- que se suspendiese la Liga de Fútbol, con las consecuencias dramáticas que eso pudiera acarrear al ánimo del pueblo y hasta al orden público.

A efectos prácticos, la ausencia de un gobierno con todos sus arreos no se nota gran cosa, salvo por la falta de un responsable al que echarle la culpa de cualquier desarreglo. Estos días de lluvia y otros disturbios atmosféricos, por ejemplo, no podemos acudir a la frase: "Llueve, ¡Gobierno ladrón!"- con la que los italianos claman al cielo y al primer ministro cada vez que caen cuatro gotas.

Todo lo demás son ventajas. Gracias a este inédito interregno de poder, la gente temerosa del desgobierno y la anarquía ha descubierto que el país sigue funcionando sin mayores problemas. Los trenes salen de la estación, los aviones despegan de los aeropuertos, las fábricas y oficinas abren como de costumbre y la vida en general mantiene su habitual curso. De hecho, lo hace con mayor normalidad que en muchos otros países gobernados en firme.

Algo ayuda el hecho, en su día muy criticado, de que el anterior Gobierno aún en funciones aprobase antes de las elecciones los Presupuestos del Estado para este año; pero tampoco esa es cuestión fundamental. Simplemente, el país -como cualquier otro del próspero Occidente- funciona por medio de los automatismos establecidos en la Constitución, las leyes y todas esas minucias que hasta anteayer les parecían superfluas a muchos votantes.

Algunos de ellos, influidos quizá por las cosas que se dijeron durante la campaña electoral, habían llegado a la creencia un tanto abusiva de que España es una nación del África tropical al borde de la hambruna. Ahora han descubierto que no van tan desencaminadas las estadísticas de la ONU que le atribuyen más bien un confortable decimocuarto puesto entre los Estados con mayor PIB del mundo.

Si otras de parecido nivel, como Bélgica, pudieron pasarse más de un año sin gobierno -allá por el 2007-, no extrañará que tampoco aquí se note particularmente la ausencia temporal de un Consejo de Ministros con programa y BOE a su disposición.

Podría sorprendernos, a lo sumo, la novedad de la situación. Por primera vez desde que los rojos y los fachas fumaron hace casi cuarenta años la pipa de la Transición a la democracia, España inaugura el año con un interino en La Moncloa y la incertidumbre de no saber quién o quiénes gobernarán. Podría ocurrir incluso que hubieran de repetirse las elecciones, pero ese es tema que preocupa más a los tertulianos que a las gentes del común.

Se echa en falta, eso sí, un gobierno en condiciones del que poder hablar mal a la hora de las cañas. Será cosa de acostumbrarse.

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