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A la intemperie

Engendro narrativo

Si la realidad actual fuera un guion de cine cuyo autor o autores pasaran a un experto para que lo mejorara, lo primero que preguntaría el experto sería por el significado de mejorar. De momento, "mejorar", para los poderes fácticos, significa ahondar en las desigualdades entre pobres y ricos. Al final, cuando alcanzas el tuétano de una historia, no importa que sea de amor o de guerra, te das cuenta de que lo que la sostiene es el argumento económico de fondo.

Hay quien pasa necesidades y hay quien no. Y el guion que hemos construido entre todos para sacar adelante esta historia solo tiene un tema: el dinero. Con frecuencia, aquello de lo que trata una novela no aparece en ninguna de sus páginas. En los talleres de escritura suele escucharse que en las novelas de fantasmas no debe aparecer la palabra fantasma. Lo implícito funciona narrativamente mejor que lo explícito. Lo no dicho permanece ahí, como una amenaza.

Los niños lo saben bien, porque los niños son expertos en escuchar lo que no se dice. De ahí que sean los primeros en percibir que papá y mamá están a punto de separarse. Viene todo esto a cuento de que el papel moneda está vías de extinción para ajustarse a esa ley de la narrativa universal. Dentro de nada, las transacciones económicas se harán o desharán a través del teléfono móvil. Los ricos se parecen ya a los pobres en que nunca llevan dinero encima.

Y bien, hablábamos del sentido de "mejorar" el guion de la realidad. ¿Quieren ustedes más niños esclavos, más trata de blancas, más tráfico de órganos, más guerras, más refugiados perdiendo la vida en alta mar? Son algunas de las preguntas que haría el experto. ¿Desean más fronteras, más ejecuciones, más salarios basura, más tristeza? ¿Desean un guion con el final catastrófico que se advierte en la lógica interna del relato que nos han pasado? Esta es la cuestión: que la lógica interna del escenario actual solo puede conducir al desastre. Hay fuerzas que luchan en la dirección contraria, en la búsqueda desesperada de un final feliz, pero carecen de la fibra precisa para modificar el rumbo de los acontecimientos. No hay guionista capaz de arreglar este engendro narrativo. Pero aun sabiéndolo, uno tiene la obligación de intentarlo.

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