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CRITICA 32º Festival Internacional de Música de Canarias

Memorias festivas

Memoria para los treinta y un festivales anteriores; memoria para quien fue su gran gestor, Rafael Nebot; memoria para su público y aficionados; memoria para nuestras queridas orquestas inglesas -o mejor, londinenses-: Abbado y la London, Salonen y la Philharmonia, Maazel con la Philharmonic; memoria para el futuro de un festival que, a pesar de todos los inconvenientes, tiene que mantenerse.

Escribe la poetisa peruana Blanca Varela: "Es fría la luz de la memoria / lo apenas entrevisto brilla / con insistencia". La luminosa voz de Juan Diego Flórez brilla en la memoria de los aficionados de ópera grancanarios: en cuatro ocasiones ha estrenado roles principales para Amigos Canarios de la Ópera, e inolvidable fue su debut con La italiana en Argel en 1999. Dos décadas ya de actividad que apenas se notan, habida cuenta de que mantiene la misma frescura vocal siempre tan reconocible. A sus casi cuarenta y tres años -los cumple el muy próximo 13 de enero-, su trayectoria afronta hoy un cambio en el repertorio, donde los papeles de Gounod y Massenet se suman a su magisterio en Rossini o Bellini. La vuelta de Flórez al Auditorio Alfredo Kraus no puede ser saludada sino como un acontecimiento que supo apreciar el público con un lleno absoluto y una gran ovación.

El programa que ofreció refleja esa búsqueda de diferentes estilos y formas de expresión con la facilidad que da el hecho de que, al tratarse de un recital, no se demanda una rígida coherencia temática. Con Mozart, compositor que está fuera de sus representaciones operísticas, nos brindó tres arias que volvieron a poner de manifiesto un muy elegante fraseo y su célebre legato; sensible en Die Bicnie de La flauta mágica, vibrante en el aria del oratorio La Betullia liiberata, destacó particularmente en Un aura amorosa del Ferrando de Cosi, del que consideramos podría ser un intérprete ideal.

Tras las arias mozartianas, una breve incursión en la ópera francesa con L'amour, l'amour, del Romeo y Julieta de Gounod, con la que nuestro solista volvió a mostrar su gran capacidad de fraseo y esa musicalidad absolutamente única que hicieron escuchar los primeros bravos de la noche.

En la segunda parte, el tenor limeño abordó dos piezas de zarzuela en el más puro estilo krausista : Bella enamorada, de la zarzuela El último romántico de Soutullo y Vert, y Por el humo se sabe dónde está el fuego, de Doña Francisquita de Amadeo Vives, donde la delicadeza, gracia y dotes seductoras de Flórez se hicieron patentes.

Parece innegable que, en su deseo de comunicación con el público, la expresividad en el canto se subraya de una manera tan elegante como sutil, tan fuera de efectismo como plena de sabiduría, lo que volvió a demostrar Flórez en sus dos arias de Rigoletto: Parmi veder le lagrime y La donna é mobile, cantadas con un lirismo belcantista que se impone a cualquier otra consideración dramática. El recital concluyó con la popular Ah! Mes Amis de La Fille du regiment que, a pesar de ofrecer en versión reducida, provocó el delirio del público.

Los filarmónicos londinenses cumplieron con probada profesionalidad su no arriesgado compromiso con un programa algo alejado del repertorio habitual, aunque fue inevitable el intermedio de Las bodas de Luis Alonso de Giménez y resultase de interés la deliciosa obertura de Un giorno di Regno, la singular y primeriza ópera bufa de Verdi. Todo ello bajo la batuta del joven director americano Chrsitopher Franklin, que sirvió con entrega absoluta al que era el protagonista de la noche, el tenor.

Con la apoteosis final llegó un epílogo que nos obliga a una nueva crónica de un concierto no anunciado. Comenzó con la noticia, relatada por el propio Flórez, de que el cantante había sufrido dos días antes un virus intestinal que lo había dejado literalmente "sin voz". Afortunadamente, su pronta recuperación nos permitió disfrutar del recital y de unas propinas que comenzaron con una impecable y nada lacrimógena versión de Una furtiva lacrima, que daría paso a un popurrí de canciones caribeñas de Puerto Rico y Cuba, con temas tan conocidos como Guantanamera o Piel canela. A la nutrida orquesta londinense se sumó el guitarrista grancanario Javier Infante, que tocó un sazousi, un tipo de guitarra infrecuente, con lo que Flórez convirtió el Auditorio en una auténtica fiesta, solicitando al público que cantara, palmeara o bailara. La disponibilidad escénica solo permitió al respetable, ya totalmente cautivado, cantar bajo las indicaciones del tenor, quien mostró su faceta de gran comunicador repitiendo como broche final La donna é mobile. Sobre las once de la noche terminó el más que generoso recital.

Afirmaba Lewis Carroll que era una memoria pobre aquella que solo funciona hacia atrás. Nuestra memoria guardará, así en futuro, este concierto por la expresividad y la belleza vocal de Flórez y? por la oportunidad de haber cantado con él.

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