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Canto a la izquierda y cantazo a la derecha

El discurso de Sánchez demuestra que su investidura depende del apoyo de las izquierdas de la cámara. La aceptación de esta evidencia numérica deja sin explicación su soga al cuello, a veces llamada Acuerdo para un Gobierno reformista y de progreso con Ciudadanos. El pacto susodicho quedó disuelto en las declaraciones que siguieron a la firma, y la llegada al ejecutivo prometido es numéricamente inviable. ¿Qué presiones sufrió el secretario general del PSOE,?para suscribir un texto estéril que dificultaba su investidura? Solo un argumento económico irrebatible, o los célebres dosieres de Guerra para fulminar a sus enemigos, explicarían el viraje hacia un callejón sin salida. El discurso sin investidura de Sánchez fue un canto a la izquierda y un cantazo a la derecha. El jefe de la oposición ejecutaba su simulacro de jefe de Gobierno con una descalificación combativa del PP. Perdía así 123 abstenciones, que su socio Albert Rivera pretendía acarrear a una ceremonia de la concordia.

El candidato socialista ya solo necesita liberarse del estéril acuerdo con C's, para consolidar sus aspiraciones. El renacido izquierdismo de Sánchez fructificó en la primera abstención, porque Rivera no aplaudió a su socio de Gobierno y supuesto empleador en un ministerio de campanillas. La reacción del jefe de filas de C's, a un discurso incendiario con la derecha, remata la impresión de que los 66 folios del cacareado Acuerdo fueron cocinados al margen de los partidos firmantes. Cuesta imaginar que el papel mojado ayer por la tarde alcance intacto el fin de semana.

La endiablada investidura dibujada por los sabios votantes se simplificaría si Sánchez se hubiera personado ayer en el Congreso sin una alianza predeterminada, pero respaldado por un referéndum de su militancia a favor de un Gobierno progresista. Cancelando la hipoteca suscrita con Ciudadanos, resultaría sencillo descargar sobre Podemos la responsabilidad de no aprobar un discurso escorado hacia la izquierda, y orientado contra el Gobierno en funciones. Sánchez solo escribe la mitad de esta historia. Al menos, da la cara ante una derrota irremisible. Rajoy ni siquiera se rebulle en el sillón que pedirá ocupar con carácter vitalicio, al margen de su futuro destino. Después de las europeas, las locales, las autonómicas, las generales, la constitución de la mesa del Congreso y las deliberaciones del Rey, el PP gozó ayer de una nueva oportunidad para sopesar su aislamiento y su erosión.

Encomendarse como baza solitaria al único político que ha rechazado la instrucción regia de formar Gobierno, posee ribetes suicidas. La inmolación de Sánchez no tuvo lugar ayer, sino cuando firmó apresuradamente con C's para desmentirse a las primeras de cambio. Ante la cámara leyó un texto apreciable, porque era el único posible. Se zafó in extremis del abrazo de sus barones, que aspiran a estrangularle. La jornada de captación de voluntades se saldó con la ruptura irreconciliable con el PP y las primeras grietas con Albert Rivera. A cambio, el candidato a la presidencia del Gobierno demostró que tiene un discurso. Ya solo le faltan los votos.

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