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Crónicas galantes

Las elecciones, en noviembre

Distraídos como nos tienen los rifirrafes de una imaginaria investidura en el Congreso, quizá esté pasando inadvertida la elección del verdadero presidente, que estos días se disputa en Estados Unidos. Mucho es de temer que nuestro próximo jefe de Gobierno sea Donald Trump o, en la menos espantable de las hipótesis, Hillary Clinton.

El emperador del mundo, y por tanto de esta provincia de Hispania (Spain, en latín moderno), será elegido allá a primeros de noviembre. Puede que para esas fechas los diputados del Congreso español hayan nombrado ya al procónsul con sede en Madrid, pero tampoco es asunto de par- ticular trascendencia. Importa mucho más el nombre del próximo arrendatario de la Casa Blanca, que es quien de verdad va a influir sobre los asuntos de la gobernación en España.

Ni Sánchez, ni Rajoy ni Iglesias. El que lleva ventaja en este momento es Donald Trump, un po-lítico de peluquín y verbo tonan-te que está arrasando a sus riva-les en las primarias de los repu-blicanos.

Trump acaba de batir a los hispanos Ted Cruz y Marco Rubio en el Supermartes, que concentra el mayor número de estas elecciones previas a la designación del candidato del partido. Por el lado demócrata va ganando, si bien con menos poderío, la que fue ministra de Exteriores y antes primera dama, Hillary Clinton.

Todo hace suponer, por tanto, que el relevo de Barack Obama en la Casa Blanca se lo disputarán el millonario Trump y la señora de Bill Clinton, con resultado lo bastante incierto como para que apenas haya todavía encuestas. Una recién difundida por la CNN le da la victoria a Hillary por un confortable margen; pero tampoco daban un duro por la nominación de Trump y, desgraciadamente, parece que se equivocaron.

Una posible elección del republicano al que adornan cualidades de racista y xenófobo sería una pesadilla incluso para los dirigentes de su propio partido. En el mismísimo Reino Unido han propuesto declararle persona non grata, así que fáciles son de imaginar las alegrías que puede despertar en el resto del mundo, salvo en Rusia. Su colega Vladimir Putin se ha deshecho en elogios hacia Trump, detalle que no puede sino aumentar la inquietud que suscita el personaje.

En apenas unos meses de campaña, Trump no ha ahorrado groserías a las mujeres, amenazas a los árabes y, sobre todo, una muy destilada fobia a los mexicanos. A estos últimos se propone confinarlos en su territorio mediante la construcción de un kilométrico muro entre USA y México que impediría, dice, la entrada de "narcotraficantes", "delincuentes" y "violadores" al Eldorado del Norte.

Dado que sus prejuicios abarcan en realidad a todos los "hispanos", no sería improbable que metiese también en el saco a los españoles, que a fin de cuentas montaron el bochinche con la expedición de Colón. Si Jeb Bush, el hermano listo de George, llegó a España convencido de que esto es una República, hay que admitir la posibilidad de que Trump crea que los españoles son los descendientes de los mexicanos en Europa. Con el peligro que eso tiene, vistas las manías del posible candidato a la Casa Blanca.

En todas partes cuecen populistas y ni siquiera los poderosos Estados Unidos tendrían por qué ser una excepción, como se ve. En noviembre sabremos si se concreta o no la pesadilla de un Le Pen a la americana con el planeta bajo su mando. Lo de aquí, por comparación, es un juego de niños.

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