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Festival Shakespeare

En 1965 Orson Welles ya había dado muestras de su genio creativo en numerosas ocasiones, no tantas como él hubiese deseado, pero sí las suficientes como para acreditar su presencia en el pódium de los grandes nombres que ilustran la historia del cine contemporáneo. Asediado por las deudas y por la incomprensión de los eternos mercaderes del cine, su carrera parecía haber tocado ya a su fin tras el rotundo fracaso comercial que supuso el estreno, tres años antes, de El proceso (The Trial, 1962), otro filme fuera de norma, agudo, complejo, barroco, impactante y rompedor a través de cuyas hipnóticas imágenes tributaba un solemne homenaje a Franz Kafka como uno de sus grandes referentes literarios, junto a Shakespeare y Conrad.

Naturalmente, y gracias a su merecida fama de director indómito, esquivo y despilfarrador, se enfrentaría con serios problemas de financiación para poner en pie algunos de sus megaproyectos, cada vez más ambiciosos e inabordables para las menguadas arcas de sus productores. Sin embargo, y pese a su reputación, Welles logró poner en marcha, cuatro años después de aquel sonoro descalabro taquillero, Campanadas a medianoche, su obra más original, arriesgada y resuelta gracias en gran medida a la generosa implicación en el proyecto del productor español Emiliano Piedra.

Se trata de un trabajo titánico, sin parangón en la historia del cine, cuyo argumento se inspira en diversos pasajes y personajes extraídos de Ricardo III, Enrique IV, Enrique V y Las alegres comadres de Windsor donde Welles, sobradamente familiarizado con el universo de Shakespeare tras llevar a la pantalla dos de sus obras más carismáticas, rinde el más glorioso culto de aprehensión y devoción que ningún cineasta haya realizado jamás de las obras y la personalidad del legendario dramaturgo británico. La presencia en esta gozosa kermesse shakespeariana de la crème de los actores europeos del momento, encabezados por John Gielgud, Margaret Rutherford, Jeanne Moreau, Fernando Rey y el propio Welles -como el orondo Falstaff-, añade además un plus de excelencia artística a una obra cuya desbordante belleza reluce ahora en todo su esplendor tras la minuciosa restauración a la que fue sometida el pasado año con motivo de su 50º aniversario.

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