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Opinión

Arucas y la escuela de Adrián Cárdenes

Después de muchos años me acerco hasta la ciudad de Arucas con motivo de un almuerzo con dos antiguos alumnos del Instituto Domingo Rivero, como la cita era para las tres, llego con un cuarto de hora antes y recorro la animada calle León y Castillo como un visitante más, dejándome una sensación gratificante. Descubro que el antiguo cine de Arucas lo han rehabilitado y convertido en biblioteca municipal, considerando que la anterior resultaba pequeña cuando se encontraba en la Casa de la Cultura, el cambio ha sido acertado. Llego hasta el conjunto arquitectónico de la plaza de la Constitución y me dio la impresión de entrar en una zona espectral, todo lo contrario de lo que había visto antes. Recordé la polémica que generó la modificación de ese magnífico entorno y que ahora, con el paso de los años y la huella que ha dejado el tiempo se exhibe abandonado: la entrada al subsuelo de la plaza y sobre todo, el lugar en el que antaño el bullicio daba vida a la ciudad es irreconocible, estoy frente al antiguo mercado de Arucas sin sus variopintos locales comerciales ahora reconvertido en una caricatura que puede constatarse a través de sus puertas acristaladas: la imagen de la desidia y la insensatez.

Sigo caminando en dirección al Museo Municipal, cerrado, lógicamente, a esa hora no pretendía que estuviese abierto, aunque esto podría discutirse. Me acerco hasta las esculturas de los alumnos del maestro Abraham Cárdenes y me encuentro con otro desagradable descubrimiento, lo mismo de lo mismo: la apatía, la torpeza, el desánimo, la dejadez, la irresponsabilidad ¡para qué seguir! Para el visitante no está mal la oferta si lo que se pretende es dar una impresión desafortunada, menos mal que lo servido después en el restaurante nada tuvo que ver con lo visto en los alrededores.

Como visitante, ciudadano, artista, restaurador y con un conocimiento medianamente culto, no podría mirar hacia otro lado y hacer como que no he visto lo que vi. Registré fotográficamente algunos ejemplos sobre el muy mal estado de conservación de las esculturas y me veo en la obligación, por deferencia hacia mis colegas de profesión, de informar y recordar, que la custodia de una obra de arte, su digno emplazamiento y conservación, es responsabilidad de la institución, empresa o persona que adquiere esa obligación conforme a un acuerdo mutuo y previo: donación, compraventa, trueque, sesión temporal, etc, que se entiende resultará beneficiosa para las partes.

Lo que me extraña y preocupa es que, un patrimonio artístico y cultural de esta envergadura, que representa el cenit del saber de una escuela histórica única e irrepetible, haya llegado a deteriorarse tanto a lo largo de años, de años de no ver por no querer o por no saber cuidar un bien singular, esto es francamente alarmante. Las obras están tan estropeadas que, en algunos casos puede que su reparación con la intención de dejarlas tal cual se realizaron, ya no sea posible; que sea tarde para intervenir; por ejemplo, si nos acercamos hasta la estatua de Abraham Cárdenes titulada Yo soy la verdad, podríamos comprobar de qué manera las grietas son evidentes incluso desde lejos, esto es debido a los continuos cambios de humedad y temperatura que está soportando la obra y que será motivo de más grietas en un proceso lento pero continuo. Estas fisuras son vías por donde se ha desplazado el agua que probablemente habrá llegado hasta el hierro utilizado para sostener la mezcla. Con este análisis no es difícil deducir que la solución al problema será más complicada cuanto más tiempo pase. Y para intranquilizarnos más o menos si el hierro está dilatándose o no a causa de la corrosión, habría que preguntarle a los alumnos de Abraham: Arencibia, Delgado, Vargas, etc, si antes de utilizarlo para el llenado del molde, se le aplicó algún tratamiento anticorrosivo, no recuerdo que en la escuela se realizase un procedimiento que resguardase las esculturas de los agentes atmosféricos.

Otro problema que existe es el trabajo que están desarrollando los líquenes sobre las piezas y que, si no se actúa con rapidez, nos arriesgamos a que el deterioro vaya intensificándose cada día. Los líquenes, lo que hacen es convertir la piedra en tierra, sin prisas, tardarán más tiempo si la piedra es dura pero al final lo consiguen y resulta que en este caso, la piedra de las esculturas es blanda, artificial, como un turrón para los líquenes, con lo cual, la colonización está asegurada e irá aumentando y cuando nos demos cuenta de que las esculturas son ya irreconocibles, será demasiado tarde para intervenir. Esta interacción merece un estudio aparte con objeto de determinar el grado de colonización e influencia de las especies vegetales en los diferentes soportes artísticos y saxícolas que hay en Arucas: el tiempo empleado en crear suelo y la pérdida de valores artísticos arquitectónicos y escultóricos debido a la interacción. La acción del hombre de hacer obras facilitarían a los vegetales soportes para instalarse, a cambio, los vegetales actuarían sobre las obras modificándola.

El tercer problema incompatible es la acumulación de excrementos de aves sobre las esculturas. Esta realidad estará incidiendo en nutrir a las potenciales especies vegetales nitrófilas que se instalarán en el momento en el que las condiciones ambientales serán más favorables, con esto, se continuará con la modificación de la piedra.

Por lo tanto, sobre las esculturas que se encuentren en los alrededores del Museo de Arucas se exponen algunas propuestas:

1. Lo primero que hay que hacer y como medida cautelar ante males mayores es cubrirlas con plásticos y sellarlas con cinta engomada.

2. Transportarlas hasta una nave donde las condiciones de temperatura y humedad sean estables.

3. Limpiarlas someramente y prepararlas para realizarles moldes múltiples con la finalidad de fijar el estado en el que se encuentren y proceder a la realización de copias que reemplazarían a los originales.

4. Proceder a su limpieza, reparación, consolidación y restauración.

5. Situar los originales restaurados en un lugar más adecuado y comprometerse a dedicarles el mantenimiento que vayan a necesitar.

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