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Palabras en el Malpéis

De grana y oro

Mientras escribíamos el guión de El cabaré del capitán Varela, un feliz espectáculo a la manera de los antiguos radiales de los años 50, Matías Alonso nos surtía de coletillas atribuidas al artisteo local de pluma y travelerío para el diálogo de algunos de los personajes a los que después él mismo daría vida en aquel pequeño musical.

Matías -fecundísimo cómico, ahora atrapado entre sus personajes televisivos- es un enamorado de aquella cara-vana de artistas locales de la segunda mitad del siglo pasado que pulularon entre el reconocimiento del barrio y las miserias de la vida cotidiana. De sus preferidos destacaba a Félix de Granada, al que imita con un talento que no es desconocido.

Producto de una cultura callejera alimentada por la radio de la posguerra, a todos aquellos que tuvieron su pequeño minuto de gloria en escenarios revistiles, carpas de circo o boîtes de pecaminoso recuerdo los acompañó un destino duro y difícil. El sentido de su arte, un anacronismo cultural y geográfico en sus ejemplos insulares, siempre deseaba de un oropel de grana y oro, unos compases de copla y pasodobles y un ansia de trascender a la manera de Rafael de León, un García Lorca transmutado en autor de canciones de quicio y mancebía.

Vestir de faralaes o transformarse en una vedete con plumas y a la vez nacer en las calles de una ciudad atlántica inundada por luz africana y cartas de La Habana estaba bien lejos de aquel mundo de torería y amores imposibles. Pero Félix Cabrera Canino, bautizado artísticamente como Félix de Granada para ahuyentar dudas sobre sus querencias estéticas, no se amilanó: quiso ser artista y lo consiguió.

Entre la carpa del Circo Toti -levantada en cualquier descampado a las afueras de los pueblos aparceros- y el cuartel de la Benemérita se levantaba un mundo en blanco y negro y una ley de vagos y maleantes que se aplicaba con rigor al afeminamiento de jóvenes como Félix. Aquellos días aciagos de su vida se recogen en una cumplida biografía editada hace pocos años.

Después vino el descubrimiento de otros mundos como la Barcelona de las Ramblas y el Molino, donde se permitía un descaro con orden.

En ese ambiente, o en el de giras cabareteras por capitales árabes del Mediterráneo cosmopolita de los años 60, Félix dio rienda suelta a su talento de hacendoso virtuoso de las varietés, que no es otro que la adoración imitativa y recreadora de sus mitos folclóricos más queridos: Marifé de Triana, Paquita Rico y otras. De fondo el Colorines, como grito de guerra y single sempiterno desde la época del Toti.

Tras una extensa carrera cabaretera y nocturnal, Félix regresó a la Isla para acogerse en su madurez. Volviendo al principio del cuento, cuando se enteró de que Matías -emulando a Juanito el Pionero- le hacía chanzas en las funciones de El cabaré del capitán Varela, amenazó con asistir a una de las funciones y armar un número en directo desde el patio de butacas. Debo confesar que rezábamos para que eso ocurriera; el espectáculo permitía y pedía a gritos esas perfomances.

Nada sucedió porque Félix, a pesar de aquella vida suya tan perra en parte de su pasado, era bueno por naturaleza. Por extraño que parezca, un trozo de su alma -la del artista- había permanecido pura, dedicada al sacerdocio del escenario y de quienes practicasen las armas de la seducción escénica. De ahí su incansable vinculación a las fiestas de su barrio de Arenales, su compromiso con montajes de revistas locales y su fascinación por todo lo que oliese a espectáculo.

Para curarnos del amago, un año más tarde lo invitamos a participar en una reposición de nuestro espectáculo. Su ilusión fue inmediata: actuaría en un teatro de postín de su ciudad natal, el Cuyás, en el cénit de su vida. Él mismo diseñó su vestuario; sobra decir que el mejor de toda la compañía. Sus apariciones, en las funciones que compartimos junto a él, fueron una fiesta y un gozo.

Puertas adentro terminamos de descubrir -a pesar de la distancia genera-cional- al profesional íntegro y pulcro, al ser humano respetuoso y lleno de cariño que era Félix. Y con él, su puntualidad exquisita, su ritualidad en camerinos, su incombustible ansia de reivindicar su sentimiento de artista. A pocos días de su óbito damos fe de su verdad, la de un artista de pedrería y plumas, de grana y oro.

stylename="050_FIR_opi_02">mgonzalez@mestisay.com

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