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El análisis

La civilización del desmayo

Nadie se encuentra a salvo de la 'civilización del espectáculo', ni siquiera Vargas Llosa, que fue quien acuñó el concepto, o al menos quien lo empaquetó en un libro con ese título, en general muy convincente, salvo que le faltó un último capítulo, en el que deberían constar sus recientes loas a la revista Hola, tal vez a consecuencia de un desmayo intelectual inducido por otros desmayos mucho más supercalifragilísticos, míticos o reales, da lo mismo.

Estamos aquí el personal televidente integrado por los parados, los empleados con sueldos demediados y los futuros desempleados sin derecho a indemnización ni subsidio disfrutando todos del destape de los patriotas de izquierdas y derechas que, tras emitir sus elaboradas soluciones para los problemas del país, se llevan el dinerito a Panamá, del Rey abajo, y todo legal o 'no me enteré', o 'mi asesor me confundió' o 'lo hice pero después lo dejé'. Esto sí que es un espectáculo digno de ver y de disfrutar. No sé bien qué nos indica que todo es previsible, que las noticias sólo vienen a rubricar lo que, de alguna manera, ya intuíamos. El desgranamiento de nombres, la perlita diaria que ojalá dure, es casi una confirmación de nuestras intuiciones. Hasta ahora, no hay impositor clandestino que nos sorprenda, que nos provoque la espontánea pregunta de 'qué hace este ahí'. Son todos los que están, aunque todavía faltan los que son sin estar.

Pero qué más da los nombres. Se trata de un sistema, y lo raro es que no estemos todos ahí, porque la oferta es tentadora. Y ya han aparecido los que lo justifican sin ni siquiera ser ellos mismos beneficiarios, pues hay gente para todo, siervos de la gleba y beneficiarios preventivos. Resulta, dicen, que si un país establece impuestos tremebundos es lógico que haya quienes busquen el escaqueo. Pero, claro, siempre que quedemos la tropa para pagar los gastos. Si todos siguiéramos el ejemplo panameño, que a la mano está, a lo mejor aquí no habría ni carreteras, no digo ya escuelas. Está bien que se lo lleven crudo, ellos que pueden -son nuestros Dioni con sus respectivos furgones, o sea, dignos de admiración en el fondo-, pero al menos que no nos aleccionen. Es feo eso.

Nos queda el desquite de disfrutar con sus excusas, sus comunicados, sus postureos de dignidad ofendida, las suspensiones promocionales de sus, por otra parte, prescindibles películas o lo que sea. Ya que no podemos hacer otra cosa, disponemos del recurso de la risa, de la guasa tuitera o doméstica, aunque es una risa provisional porque al cabo la carcajada es de ellos cuando volvamos a votar a quienes se muestran imperturbables al latrocinio institucionalizado.

Pero la globalización también tiene su punto, y permite al populacho, ya que se han acabado los secretos, convertirse, al menos, en espectador del insólito desfile de modas en una pasarela impensable, a la que emergen las sentinas del establecimiento en una performance fuera de la imaginación de cualquier artista contemporáneo, entre otras razones porque los artistas contemporáneos también guardan sus mierdas en Panamá.

Es verdad que acabamos de descubrir, válgame Dios, que en el bar de Rick se juega y que el hecho se vende como si fuera una exclusiva mundial. No hay sorpresa, pero al menos hay quienes sufren una momentánea incomodidad. La sociedad del espectáculo, al fin, nos ofrece un numerito digno de disfrutar, incluso con la previsible paradoja de que los actuantes son, en muchos casos, quienes la denuncian. Todo lo que era sólido se desmaya ante nuestros ojos. No iba ser sólo el gran Vargas quien disfrutara de ese género de orgasmo.

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