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Al azar

Bush fue peor que Trump

Es imposible que un ser detestable como Trump alcance la presidencia de Estados Unidos, excepto que la Casa Blanca ya tuvo en fecha reciente un inquilino todavía más catastrófico. Se llamaba George Bush, su única credencial consistía en ser hijo de un presidente decente. Salvo que el pintoresco empresario desencadene un conflicto nuclear, no logrará empeorar la cotización de un gobernante cuyo currículum oscila entre el 11S y la mayor crisis económica de la historia de la humanidad. Su ejemplar estulticia no solo influyó en ambos desastres, sino que los multiplicó. Irak, Guantánamo, los secuestros y torturas indiscriminados o Lehman Brothers aportan epígrafes deshonrosos a su perspicacia. Ninguna calamidad le fue ajena. Presumía por ejemplo de que "miré al tío a los ojos. Lo encontré directo y digno de confianza. Fui capaz de adquirir un perfil de su alma". Este "tío" tan fiable era Vladimir Putin, pero el mundo se escandaliza hoy de que Trump también sea un forofo del zar.

La exageración no consiste en criticar a Trump, sino en ejercitar esta saludable esgrima obviando a su predecesor republicano. Con un agravante, el daño de Bush ya está hecho y le ha costado a Occidente su preeminencia ética. Todo vale para censurar al candidato conservador, la trampa consiste en enfatizar su salvajismo sin referirse al glorioso precedente. El jabalí neoconservador Max Boot se lamentaba esta semana desde el?New York Times de que "el antiintelectualismo comenzó como una postura Republicana. Ha finalizado con un peligroso ignoramus liderando el partido". De nuevo, el intelectualismo no define a Reagan, ni mucho menos a su hijo, y Bush padre fue vicepresidente del reaganismo hollywoodiense. De aceptar la deriva Republicana contra la razón, se desató décadas antes de la campaña triunfal de Trump.

Para no incurrir en el vicio hiperbólico denunciado, cabe sostener que Nixon era una persona inteligente. Hace medio siglo que accedió a la Casa Blanca. De regreso al presente, Trump recuerda imagológicamente a un Elvis que no hubiera muerto en la fecha prevista. De nuevo, el candidato Republicano no confundió Paquistán con Afganistán. Esta célebre equivocación correspondió a Bush. Con el agravante de que pensaba invadir uno de esos países como aperitivo de Irak, aunque no supiera muy bien cuál. A nadie se le ocurriría plantearle una pregunta sobre geografía a Trump, el periodismo se mimetiza con el desfallecimiento intelectual de la política. Cualquier tiempo pasado fue más inteligente.

Desde la propia etimología, la desmesura impide medir el estropicio que pueda provocar Trump. La historia debería ser más rigurosa que los vaticinios, y hasta Al Gore era preferible a Bush. Que ganó dos veces, para neutralizar a quienes de otro modo se escudarían en un error pasajero de la sabiduría de las multitudes. Sin ningún ánimo de sobrevalorar a Aznar, el primer ministro español estaba capacitado para apreciar las infinitas limitaciones del presidente Bush, que lo utilizó de perrillo faldero, por recurrir a la expresión aprobada por la prensa británica para valorar el papel jugado por Blair en el ciclón de las Azores. Ni los ocho años transcurridos desde su salida por la puerta de atrás permiten salvar algunas briznas de cordura, en la guerra declarada por la Casa Blanca de Bush contra la inteligencia. Obama no ha resuelto la mitad de las plagas inventadas por su inmediato predecesor, pero al menos se ha esmerado en evitar desastres de matriz propia.

Por lo visto, los españoles solo pueden elegir a Rajoy. Los estadounidenses disponen al menos de una alternativa. Obama no es el primer presidente negro, honor reservado a Bill Clinton, pero sí el primero que logró que los votantes recordaran que todos los anteriores habían sido blancos. Tampoco el bando Demócrata aporta ahora la novedad de género de que se vanagloria, porque ha nominado a la segunda mujer que puede empuñar el timón del Despacho?Oval, después de Monica Lewinsky. Sin embargo, es forzoso admirar siempre en Hillary Clinton el coraje de la persona valerosa que abofeteó por sus infidelidades al presidente de Estados Unidos, a la sazón Bill Clinton.

Cuando un político dice lo que piensa, es populista. Por tanto, su desempeño será ejemplar cuando no diga lo que piensa, desobedeciendo a Quevedo. La condena a Trump sin recordar a Bush o a Yeltsin es otra sumisión a la fe bipartidista, con razón o sin ella. De momento, el discurso de Hillary Clinton se ha tenido que afilar y distanciarse de los titanes financieros, para no ceder terreno a un rival que busca su anclaje en la desfavorecida basura blanca. Bush fue peor que Trump, que sirve al menos para espolear a su adversaria.

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