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El periscopio

Los incendios forestales

El reciente incendio de la isla de La Palma está demostrando, una vez más, lo que puede ocurrir por las imprudencias de algunas personas. Unas altas temperaturas, un monte o un bosque que no han sido debidamente tratados en los meses de invierno, la pinocha que asoma en los caminos o en las orillas de las carreteras son los ingredientes adecuados para que en nuestras islas, o en cualquier parte de España o del mundo, se originen esos devastadores incendios que en unos días arrasan lo que ha tardado años y años en crecer y desarrollarse.

Quienes están al frente de las repoblaciones que se realizan en las islas: corporaciones insulares, locales, gobierno autónomo, ingenieros de montes, etc, tendrían que ser más cautos y poner atención desde el primer día en que se dedican a las tareas de repoblar y cuidar nuestros bosques, con el fin de impedir que cualquier despistado, tarado o colectivo puedan agredir la naturaleza. Los encargados de nuestros bosques y montes deberían ordenar de vez en cuando una limpieza a fondo de esos lugares, evitando que se acumule basura, papeles, o cualquier otro material combustible. Los encargados de diseñar estas forestas deberían tener en cuenta que hay que dejar de vez en cuando un cortafuegos para evitar que un incendio se extienda a todo el conjunto.

Hace unos días di un paseo por la zona comprendida entre Fontanales y Juncalillo, donde existen varios bosques de pinos canarios y gallegos. Pues bien, en determinados lugares la pinocha llegaba hasta la carretera. Basta con que un automovilista atontado tire una colilla sobre esa pinocha que actuará como si fuera pólvora, máxime teniendo en cuenta las altas temperaturas que padecemos.

Con respecto a los encargados de velar por La Palma deberían esforzarse al máximo para no perder esta isla esmeralda que poseemos, una de las más hermosas del archipiélago canario. Pero no. De vez en cuando nos sorprenden noticias nefastas como la que recibimos hace unos días. ¿Qué pasaría si uno de estos incendios penetra en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, o si arrasa los bosques de laurisilva de San Andrés y Sauces? ¿Qué diríamos si todo ocurre por descuido, por desprecio al medio ambiente, por imprudencias, por imprevisiones? Todos somos la isla de La Palma, vivamos o no en ella. Yo tuve la suerte de residir en esta isla durante siete años, concretamente en El Paso, muy cerca de donde se inició el último incendio. Puedo afirmar que fueron unos años muy felices, porque disfrutaba al encontrarme en plena naturaleza, porque pude caminar por sus caminos y senderos, porque recorrí el interior de su fabulosa Caldera de Taburiente e incluso pernocté en ese fabuloso escenario. Y además, porque en La Palma hallé unas excelentes personas e inolvidables amigos.

Tampoco estaría de más que se aumentasen los servicios de vigilancia, el número de guardas forestales y de personal cualificado (especialmente en verano) de torres de observación y de medios para que los servicios contra incendios lleguen cuanto antes a esos lugares antes que se extiendan. Tampoco entendemos que no haya con carácter fijo una base de hidroaviones que pueda acudir rápidamente a intentar sofocar los incendios que se originan.

Lo que me parece increíble es que haya personas que sean capaces de prender fuego voluntariamente a un bosque y que en poco tiempo destruyan lo que ha tardado años y años en crecer y desarrollarse. Las últimas noticias que escuché decían que en Galicia había nada menos que siete incendios, algunos de ellos provocados. Deberían pues, aumentarse las penas contra aquellos que atenten conscientemente contra la naturaleza, de forma que no lo olviden en toda su vida y de que sirva de advertencia a los imprudentes y desalmados que deambulan por ahí.

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