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Perspectiva

Muerte y libertad

Nunca antes había entendido cabalmente el verso de Jorge Bergamín en Cantos rodados hasta lo ocurrido al joven torero Víctor Barrio. "Morir no es perder la vida: morir es perder el tiempo". La fatal cornada que acabó con él, atravesándole el corazón, no ha sido tan traicionera como los comentarios, insultos y vejaciones que recibió su figura tras el inesperado fallecimiento. Uno lo intenta comprender, acaso disculpar, pero se le revuelven las entrañas ante tanta manifestación de odio e intolerancia. Sea por la profesión, una de las más antiguas del mundo, sea por el arte del toreo, mal que bien, una de las señas de identidad de lo español ante el resto de las nacionalidades, se hace el intento de razonar la oleada de rabia que despierta la tauromaquia entre ciertos sectores de la sociedad. Y, además, con lealtad y sin ánimo revanchista, pero cuesta mucho desembarazarse de los improperios y humillaciones a la persona.

En muchas ocasiones, y a petición de los compañeros de profesión, me he ofrecido a facilitar el diálogo o el intercambio de ideas entre los acérrimos opositores a las corridas de toros y los que, como uno mismo, no tienen mayor reparo en mostrar su afición por el arte de la lidia. Lo primero que hago es explicar y detallar las suertes del toreo, el cómo han de conducirse el matador y los subalternos en el ruedo y el exquisito respeto por el animal. Según las estrictas reglas de Pedro Romero, que se remontan muy atrás en el tiempo, a pleno siglo XVIII, la tauromaquia no ha de despreciar jamás al toro bravo, más bien todo lo contrario, ensalzarlo y buscarlo con ahínco, so pena que el lidiador quede expuesto al ridículo más extremo. Entre las anécdotas que relato a la audiencia, hay una que deja perplejos a los que juzgan de antemano a los toreros y causa fundada extrañeza en el común. Cuando un torero de raza, en expresión que me apresuro a explicar como matador fiel a sí mismo y su designio, resulta humillado por el toro, porque no ha sabido entenderlo o estar por encima de él, sufre tal decepción que, a veces, abandona la profesión para siempre pese a no haber recibido herida alguna del animal. Padece la peor lesión posible, la que no deja huella en el cuerpo, pero sí en el alma. Su vocación, la pericia con los aparejos y la inteligencia en la arena no sirven de nada ante la realidad de un toro encastado y noble que no se ha sabido lidiar.

Sin temor a la equivocación, todos los percances en plaza son debidos a los errores del humano. No he visto, al menos entre los grandes, ningún torero que no reconociera su particular despiste ante la cornada sufrida ni jamás, repito, entre los genuinos representantes de la tauromaquia, la excusa en el animal de los yerros propios. Hacerlo supone un descrédito mayúsculo entre la afición, la que, después de todo, en su condición de respetable, juzga las acciones y omisiones de los que se ponen ante el morlaco. Cuando un torero muere en el ruedo, corre la tristeza entre las gradas y, por enésima vez, el arte descubre la verdad que esconde: un momento de libertad, de excelsa belleza acaso, puede devenir en la pérdida de lo más valioso. Los aficionados lo sabemos, aunque tendemos a ocultarlo, y a los legos, por el contrario, les inquieta la suerte que pueda correr el animal de lidia. Por ello, y esta es la segunda anécdota que narro al improvisado foro, los oyentes quedan desarmados cuando voy desgranando la larga lista de toreros retirados que se convierten en ganaderos de reses bravas. Por ejemplo, el Viti, magnífico representante de la escuela salmantina, que disfrutaba más de la compañía de los toros que la de los humanos, no siendo raro verle entre los sementales al anochecer del día. En su terreno, los toros son los animales más nobles y apacibles que se pueda tropezar uno pese a poseer una alzada muy superior a la de cualquier individuo adulto. José Tomás, la figura del momento, ha dejado manifiesta su intención, tras la oportuna retirada, de dedicarse a la explotación ganadera. Lo que quiero decir es que el torero, más allá del ruedo, necesita al animal, casi como un apasionado al objeto de su enamoramiento, y le va la vida en ello, puesto que, en el fondo, el humano y la bestia son uno para el arte. Reconozco que aquí se separan la inteligencia y el sentimiento, y, por lo tanto, a los detractores de la lidia, lejos de convencerles, les ruego comprensión no tanto para la afición como para el matador.

Esta es la comprensión que se le ha hurtado a Víctor Barrio, y muy injustamente además. Puede estarse en contra de los ruedos, de la suerte corrida por el animal, pero no debió olvidarse la soberanía moral del hombre que eligió el exponer su vida al peligro de la muerte en pos de algo que muy pocos están en condiciones de degustar, incluso entre las mismas filas de los que se llaman aficionados. Los toreros jamás hablan de héroes ni entienden a los que así les llaman. Prefieren el término de valientes porque buscan la verdad, la esencia de la vida y ésta, como así lo demostró Barrio, está muy cerca de la muerte. Este es su principal y único valor. Descanse en paz.

(*) Doctor en Historia y profesor de Filosofía

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