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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Saneamiento

Cualquiera puede confundir sin gafas de presbicia el mililitro de lingotazo de vino de Toro y acabar con hiperactividad beoda una noche del viernes. Rosa Valdeón, vicepresidenta de Castilla y León, confirmó los síntomas pero negó la causa: habló de cañas, ansiolítico y un estrés tremebundo. La mezcla triplicó su tasa de alcohol, se justificó antes de ser obligada a dimitir. Un camionero le picó la luz larga varias veces cuando vio que se le venía encima. El destino quiso que la fatalidad del instante no se cumpliese: pudo retornar a su carril natural pero no sin antes rozar al camión. Parece que el profesional del volante, según la crónica, se asustó tanto con la maniobra que nada más ver a la Guardia Civil puso la denuncia pertinente. Un rato después la cargo público resultó interceptada, y tras ser sometida a las prueba de contraste daba positivo. Días antes, Valdeón había sido una de las primeras del PP en afilar el machete de la critica por la elección de Soria para el Banco Mundial. Cosas del azar en la política: víctima y verdugo en la misma posición al día siguiente. Nada conecta su protesta contra el liderazgo supremo de Rajoy con la pérdida de equilibrio de la vicepresidenta, a no ser que el exceso se haya cometido en una cena donde los comensales (¿unos disidentes?) celebraban la buena diana que habían hecho con el caso del exministro de Industria. Pero hay otra cuestión más: la renuncia de Soria representa la necesidad de acabar con el nepotismo, el reparto de cargos desde el poder, la oposición al capitalismo de amiguetes y hacer frente a comportamientos incompatibles con el nombramiento que se pretende. Por tanto, la aspiración democrática de anteponer los valores frente a las recomendaciones, los enchufismos y endogamias de toda calaña. En segundo lugar, está el otro saneamiento: Rosa Valdeón, para su desgracia, ha sido pillada en una supuesta infracción contra la seguridad vial. Y esta negligencia, aparte de la responsabilidad penal que conlleve, debe recibir sin demora, como así ha sido, el castigo de la dimisión. Los españoles, a los que cada vez les importa menos lo que dicen nuestros candidatos, echamos en falta la adopción de las consecuencias obvias por parte del afectado, que no se acoja al salvavidas de que todo lo sucedido forma parte de su ámbito privado. Aquí no se estila la renuncia a un cargo por superar el índice de alcoholemia, por falsificar una tesis doctoral, por copiar en un examen, por cargar a un ayuntamiento la factura descomunal de un almuerzo, por no hacer caso a la policía local tras una infracción de tráfico, por la sustracción de una prenda en unos grandes almacenes... El caso Soria no es suficiente. Este país necesita gestos europeos, que hagan patente la transitoriedad del ejercicio político, la creencia en la perpetuidad... Acabar con la sensación de que hay unos intocables que son aforados para todo, que están por encima del bien y el mal y que se resisten a irse pese a su falta de ejemplaridad.

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