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Inventario de perplejidades

El duro oficio de opinar

El escritor catalán Eduardo Mendoza ha renunciado a seguir con las doce colaboraciones anuales que desde hace tres años venía haciendo para el suplemento de un importante periódico nacional, que se centra fundamentalmente en la moda y en los gustos de hombres (fundamentalmente jóvenes y delgados) con un cierto poder adquisitivo. Y en esa publicación lo entrevistan para conocer las razones de una renuncia que seguramente ha dejado chafados a muchos de sus lectores. Mendoza, que es persona tranquila, ecuánime y de larga experiencia, no rehúye el fondo de la cuestión. "Me encanta hacer este tipo de cosas (se refiere a las colaboraciones), hasta que se convierten en una especie de obligación. Mientras es un desafío, bien. Soy la negación del periodismo. Si me dicen que entregue algo mañana, me paralizo. Si es para dentro de cuatro años, perfecto, ya veremos, me pongo a pensar en ello. Con Manolo Vázquez Montalbán hablábamos de esto. Él era todo lo contrario; si no le ponían un plazo, no se ponía a currar. Este formato vuestro es difícil porque no puedes hablar de todo lo que ya se ha hablado. Y tampoco quieres caer en una frivolidad de hablar de los pajaritos. Al final, acabo haciendo algo parecido a nada, que es lo que más me gusta... No hay que pensar que el único lenguaje bueno es el propio. Hay que saber callarse a tiempo". El autor de La ciudad de los prodigios y de tantas otras novelas de éxito mantiene respecto del periodismo (en cuanto género literario, o similar) una relación de cierta incomodidad muy parecida, supongo, a la que puede sentir un compositor de música sinfónica respecto del autor de melodías ligeras. Sin ningún animo, por supuesto, de menospreciar a nadie ni de establecer categorías. Él mismo lo expresó de forma muy precisa cuando tuvo que aceptar el encargo de sustituir a su buen amigo Vázquez Montalbán en la columna semanal que escribía para un periódico importante, después del sorpresivo fallecimiento del padre del detective Carvalho. Una tarea que cumplió durante cuatro años sin haber fallado un solo lunes ni haber utilizado el fútbol como metáfora de la vida. Y escribía entonces: "Siempre pensé que el columnista, si es que existe tal categoría, ha de dejar constancia del lento desplazamiento de las actitudes y las percepciones. Una columna, en el mejor de los casos, ha de ser un impreciso sismógrafo, algo así como la previsión del tiempo, igual de falible y científica porque se elabora a base de mirar las nubes y ver por dónde sopla el viento". Es difícil expresar mejor en qué consiste la tarea de opinar sin caer en tentaciones de dogmatismo barato ni renunciar tampoco a expresar sentimientos propios o recoger tesis ajenas. El "columnismo" que describe Mendoza es justamente lo contrario del "calumnismo" (perdón por el palabro) que tantas veces padecemos y con el que, quizás imprudentemente, colaboramos. La elegante lección de Eduardo Mendoza, incluida la salutífera recomendación de saber callarse a tiempo, no deberíamos echarla en saco roto los que, con desigual fortuna, llevamos muchos años en este duro oficio de opinar casi a diario sobre lo que algunos llaman "rabiosa actualidad". Con el peligro de que nos acabe por morder la mano.

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