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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Hurgar y purgar

Las papeleras digitales, hurgadas y purgadas con la delicadeza de un pianista, dan de sí nombres propios, hecatombes personales, cotilleos campanudos, avaricias embravecidas, números rojos, secretos sigilosos, subidas a lo más alto del montblanc gubernamental y bajadas por el tobogán al infierno de Dante, donde hay un montón de tipos que llevan colgado del omoplato la hoja de un cuchillo para cortar sushi o para sacar del verraco lo mejor de sus entrañas. ¡Cómo echamos de menos el olor de un papel que arde sobre unos troncos de la chimenea! ¡Cómo nos hace falta ese cenicero que acoge en su curvatura las cenizas de los apuntes de una conversación entre el empresario Ramírez y el juez Alba! ¡Qué pena que el material no sea inflamable para que la hoguera consuma el empaste de la palabra y el autobombo! En la era digital nada se extingue. De ahí ese watergate de la edad posanalógica montado entre los togados locales, ansiosos por conocer qué hay en un basurero donde el vuelo rasante del grupo de cuervos negros no avisa ya de la existencia de un cadáver, ni tampoco lo hace el maquinista que remueve con la pala las montañas de desperdicios. Ahora es un especialista en desguazar el alma de la nanotecnología quien peina primorosamente la bandeja de dulces para extraer, como en el yacimiento, un diamante que traslada como un habilidoso engastador de Tiffany hasta el oído de su señoría, que por arte de magia ve el río de la digitalización convertido, ¡oh milagro!, en semántica, en sospecha, en martillo contra la indecencia, en contubernio, en dechado de malabarismos surgidos tras el ruido incesante de la respiración o de los movimientos intestinales que lindan con la grabadora bien escondida. ¡Maldita sea la hora en que la trituradora quedó desplazada! El discurso cae en el despacho lento, pesado, con una genuflexión constante, a veces servil. Hay una pausa y cierta acumulación de saliva, y vuelta de nuevo a lo mismo. Una maravilla de escena.

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