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Teatro 'La estupidez'

Pandemonio en Las Vegas

Recuerdo que cuando intenté leer Finnegans Wake comprendí por qué Borges había calificado esa inclasificable obra de James Joyce como "una concatenación de retruécanos cometidos en un inglés onírico".

La aguda frase el escritor argentino me vino a la memoria cuando contemplé La estupidez de Rafael Spregelburd, una concatenación de escenas inconexas que se sucedían endiabladamente en la habitación de un motel cercano a Las Vegas.

En ese pandemonio llegué a contar hasta veinticuatro personajes, interpretados por cinco actores, que entraban y salían del escenario para volver a aparecer vestidos y caracterizados de otra guisa.

Quizás mi evocación de la crítica borgiana se debió a que uno de los personajes se llamaba Robert Finnegan, pero a eso se añadió que algunos hablaban atropelladamente, de tal modo que a veces no se entendía lo que decían, lo cual unido a su continuo trasiego por el escenario hacía imposible comprender algo tan fundamental en una obra de teatro como es el argumento. Incluso llegó un momento en que se desarrollaban simultáneamente dos escenas, de tal modo que las conversaciones entre los actores de cada una se solapaban hasta no lograr siquiera distinguirlas.

La segunda parte era mucho más liviana, compuesta por menos escenas y en la cual las diferentes tramas que en la primera mitad transcurrían paralelamente se cruzaban hasta dejar atisbar al espectador más paciente de qué iba la historia.

Lo más destacable es la labor del elenco actoral, compuesto por Ainhoa Santamaría, Toni Acosta, Fran Perea, Javi Coll y Javier Márquez, que mantienen el tipo durante tres horas interpretando a diferentes sujetos a un ritmo frenético.

Sin duda La estupidez es una obra interesante, pero lastrada por su excesiva duración que hace incomprensible lo que nunca debe ser incomprendido.

Una lástima porque la idea de entremezclar cinco historias entre las que se encuentran una fórmula matemática para ganar a la ruleta, una ecuación que esconde las claves del fin del mundo, el intento de vender un cuadro robado antes de que se borre, mafiosos italoamericanos y una pareja de policía, en todas las acepciones del término, es genial.

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