Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Papel vegetal

La era de la post-verdad

Qué tienen en común los propagandistas del Brexit -el abandono británico de la UE- como Nigel Farage o Boris Johnson y el candidato republicano a la presidencia de EE UU, Donald Trump?

Unos y otros son políticos de eso que los anglosajones, siempre tan aficionados a acuñar nuevas palabras, llaman "la política de la post-verdad (post-truth politics)": la post-verdad en la era de la pospolítica.

Políticos como los tres citados repiten sus mentiras con el mayor de los descaros y sin que ello parezca importar mínimamente a quienes escuchan sus mensajes, que en ningún caso, aunque se demuestre su falsedad, están aquéllos dispuestos a rectificar.

¿No afirmó recientemente el ex alcalde republicano de Nueva York Rudy Giuliani que hasta que llegó el demócrata Barack Obama a la Casa Blanca y nombró a Hillary Clinton su secretaria de Estado ningún islamista había conseguido llevar a cabo con éxito un atentado terrorista en territorio norteamericano?

Quienes recuerdan, como si hubiera ocurrido ayer mismo, la impactante imagen de los dos aviones estrellándose contra las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, en plena presidencia del republicano George W. Bush, no darán crédito a lo dicho ahora por Giuliani, quien estaba además entonces al frente de la alcaldía de esa ciudad.

Pero ¿qué importan los hechos cuando una mentira funciona mejor ante un auditorio tan olvidadizo y despreocupado además de tomarse la mínima molestia de comprobar la falsedad de lo que con tanta desfachatez como impunidad afirma en público un conocido político?

No dejes que la realidad te estropee un buen titular, se decía a veces con cinismo en las redacciones de los periódicos. No dejes que los hechos, que son siempre complejos, se interfieran en la comunicación y te obliguen a modificar el mensaje que deseas transmitir. ¡Bienvenidos, pues, a la era de la post-verdad!

Para Giuliani y otros políticos como él, la verdad no cuenta: lo único que cuenta son las emociones de la gente, y para ello cualquier método es bueno. Lo que de verdad importa es la eficacia del mensaje, y cuanto más simplista sea éste, tanto mejor.

Los medios estadounidenses que analizan la campaña de Trump han llegado a la conclusión de que aproximadamente un 70 por ciento de lo que afirma en público no se corresponde con la realidad, pero ¿qué importa eso a quienes le escuchan y están ya convencidos de antemano?

Sólo así puede entenderse también lo ocurrido en la reciente campaña del Brexit, que ganaron los partidarios de la salida del Reino Unido de la UE a base de manipular estadísticas y mentir todo lo que les vino en gana.

¿No se cansaron de repetir Boris Johnson y Farage que si el Reino Unido abandonaba el club europeo, los 350 millones de libras que se ahorraría semanalmente el país se destinarían a las cajas de la Seguridad Social británica?

En sus demagógicos cálculos, los políticos del Brexit decidieron no tener en cuenta para nada el hecho de que su país se beneficia tanto del llamado "cheque británico" como de diversas prestaciones y transferencias que le llegan de Bruselas, lo que reduce de modo importante su contribución neta a la UE.

¿No ocurre lo mismo aquí cuando el partido que nos gobierna insiste machaconamente en que si destruyeron los ordenadores de su ex tesorero no fue para ocultar la supuesta contabilidad B del PP sino porque es lo que se hace normalmente con cualquier empleado que deja de trabajar en una empresa?

Los hechos se pueden manipular a voluntad para que se ajusten al mensaje que queremos transmitir. Y en una época como la nuestra en la que tanto abundan los expertos, siempre es posible encontrar a alguno dispuesto a apoyar lo que uno dice, aunque sea, por ejemplo, para negar algo tan evidente como el cambio climático.

Hay demasiada confusión, demasiados mensajes que nos llegan a través de las redes sociales y que se repiten automáticamente sin que nadie se tome ya la mínima molestia en comprobar su veracidad: lo único que cuenta es el impacto y para ello, cuanto más simplistas sean aquéllos, tanto mejor.

En esta nueva cultura política ya no vale aquello de que "los hechos son sagrados y las opiniones, libres". El debate no es ya entre hechos comprobados sobre los que todos al menos están de acuerdo y a partir de los cuales se puede discutir y opinar libremente según los intereses o la ideología de cada cual. En la era de la post-verdad, los hechos se seleccionan y manipulan a voluntad.

Pues de lo que no se trata en ningún caso es el de apelar a la razón sino de jugar con las emociones de la gente mediante la repetición de mensajes como hace continuamente en sus mítines Donald Trump cuando habla de expulsar a millones de inmigrantes o construir un muro en la frontera con México, que deberá pagar además este último país.

Todo el mundo sabe que nada de eso va a ocurrir, pero ¿qué importa en el fondo?

Compartir el artículo

stats