Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

En canal

El burlador burlado

En serio, Cárdenas, compañero, hay que tener unos huevazos del tamaño de las tetas que le gustan a Donald Trump para que, contando con el brillante historial que adorna tu currículum, te hayas ofendido por el tímido y rápidamente reculado "gilipollas" que te dedicó el otro día Ernesto Sevilla. No son ganas de hacer sangre, lo juro, pero no queda más remedio que recordarte que hace un par de añitos el mismísimo Tribunal Constitucional te condenó en sentencia firme e inapelable por realizar una entrevista a un discapacitado "únicamente con propósito burlesco, para ridiculizar al entrevistado, poniendo de relieve sus signos evidentes de discapacidad física y psíquica". No entro a discutir si esa condena descalifica o no a un presentador para trabajar como entrevistador en una televisión pública, pero, venga ya, para ser alguien al que el más alto tribunal de España le ha dicho que utilizó "la vulnerabilidad de un discapacitado psíquico con la clara y censurable intención de burlarse de sus condiciones físicas y psíquicas" pareces tener una paradójica ultrasensibilidad cuando eres tú el objeto de la burla.

Y de una burla mil veces menor. La apostilla de Sevilla se notó espontánea y balbuceante, al hilo del monólogo que estaba defendiendo. Y nada más soltarla se le vio azorado y arrepentido, sin saber cómo sacar la pata que había metido. Rio nervioso, miró de reojo a Pablo Motos, dio muestras de una mínima conciencia de error que jamás se intuía en tus risas faltosas en aquellos horribles años previos a la milagrosa reconversión de Javier Sardá en comentarista político. La burla de Sevilla fue improvisada y las tuyas eran muy planeadas. No quiero decir que la sentencia del Tribunal Constitucional incluya un apartado en el que se te declare burlable de forma impune a perpetuidad, pero el paralelismo entre lo que tú hiciste y lo que te ha hecho el burlador de Sevilla es tan aparente que no deja de tener todo un regustillo a justicia poética. Salvo en lo de la discapacidad. Hay no hay paralelismo entre aquel chico y tú: las taras morales son mucho más graves que las psíquicas.

Compartir el artículo

stats