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Un radical llamado Francisco Nieva

Me dan ganas de volverme muy radical". Son las primeras palabras que recuerdo haber leído de Francisco Nieva. Yo estaba recién aterrizado en Madrid para comenzar mis estudios universitarios y me había hecho con el que sería el último número de El Público. La mítica revista de teatro dedicaba un apartado especial al autor, para mí desconocido, con motivo del estreno de Los españoles bajo tierra. Incluía un breve y provocador texto de explícito erotismo homosexual, Los viajes forman a la juventud, y una entrevista encabezada con aquellas palabras.

Para mí fue todo un descubrimiento. Muy pronto me acerqué a sus textos impulsado por la curiosidad que despertaba en mí aquel deseo de radicalidad de quien ya me resultaba profundamente provocador desde el humor y el desenfreno. La lectura de La señora Tártara o Coronada y el toro, de sus artículos, y el estreno de Pelo de Tormenta, que dirigió Pérez de la Fuente en el María Guerrero, no hicieron otra cosa que acrecentar mi devoción por un autor tan exuberante, casi diría que operístico en tanto que su teatro está concebido como obra total, en cierto modo heredero de Valle Inclán pero a la vez personalísimo, con un lenguaje efervescente tan lleno de rincones sinuosos como sus barrocas escenografías y sus personajes alucinatorios. Su último estreno Salvator Rosa o el artista, hace poco más de un año, concluye con toda una declaración de principios: "el arte no es cosa seria, es un ensueño sin límites, siempre en plena revolución". Nieva ha muerto siendo el radical inconforme que siempre quiso ser.

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