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Un título para Juan Hidalgo

La visión de Nueva Vanguardia del artista grancanario y su relevancia como uno de los principales introductores del conceptualismo en España, se hizo eco de nuevo ayer, viernes 11 de noviembre, cuando el Ministerio de Cultura entregó el Premio Nacional de Artes Plásticas 2016 al artista Juan Hidalgo (Las Palmas, 1927), proporcionándole 30.000 euros y el merecido reconocimiento por su amplia trayectoria artística transdisciplinar y su sustancial aportación al panorama del arte contemporáneo nacional. Una mención nunca tardía para alguien, que como Hidalgo, ha impuesto con calmada elegancia/arrogancia las expresiones mas radicales de manera vanguardista, atravesando la compleja línea que disuelve la frontera entre arte y vida.

Hidalgo, compositor del discurso moderno influenciado por Duchamp, creador de frecuenciasabstraídas de J ohn Cage y primigenio en la composición electroacústica, se convirtió en agudo fundador del colectivo Zaj (1964), agrupación que junto con Walter Marchetti y Ramon Barcé marcaría un antes y un después en la conglomeración de la práctica y la concepción de lo que aunque reciba calificaciones tales como neodada, Fluxus, happening y derivación a posicionamientos trascendentales, el desarrollo de su prolífica actividad es algo inclasificable para mostrar el impulso con el cual ha dotado al circuito cultural español, al que buena falta siempre suele hacerle.

Autor "instaurador de la discursividad", como podría denominarlo Foucault, con una obra que no consiste meramente en generar un canon, ni establecer una serie de generalidades, las cuales podrían ser modificadas, sino que más bien abren un mundo de posibles aplicaciones, un discurso que es siempre heterogéneo con respecto a sus futuras modificaciones. La "intermedialidad" y su naturaleza performativa con la que se abrió paso, dotó entonces a los actos Zaj de internacionalidad, algo enormemente atractivo para una juventud que en comuna participaban en eventos en los cuales la lógica escapaba a lo establecido por el mundo en el que se encontraban, - algo aún perfectamente vigente- teniendo en cuenta, por supuesto, que lo lúdico de dichas acciones llevadas a cabo por el grupo tenían una fisionomía muy distinta bajo la dictadura.

Juan Hidalgo tanto con Zaj como sin él, busca la provocación, pero sin ser esto su razón de ser, como ocurre bien con el Dadá o con Fluxus. Su aportación es intensamente política pero no politizada en sus inicios. Al aparecer el objeto artístico en el discurso, y por tanto el valor de cambio, se dejó entrever una vía que solo el paso del tiempo se encargó de mostrar: el valor de uso sólo es posible con valor de cambio. Aunque si aquí una acción tiene algún sentido, la que Hidalgo siempre nos propone no es otra que la falta del mismo.

Lo que en su comienzo fue algo provocador se convirtió en redundante, pero ahí estaba el recurso de lo irónico, el requisito sagrado para negar esa fama. Una obra y vida que converge en esa ironía, la cual establece una distancia con la posibilidad de cambio de la por desgracia real distopía. Partiendo de la subversión de los tradicionales roles de género o la disidencia sexual, y tomando el relevo de la transformación social cuando paradójicamente estos parecían estar más a la mano que nunca tras cuarenta años de dictadura. Pero esto solo refuerza el discurso. Un discurso que a través de su característica y fina imagen erótica, vocea una actitud tan abyecta como la presente en lo mas hardcore del género.

La amplia trayectoria de su carrera se puede apreciar desde la singularidad de una sola obra, como Hombre, Mujer y Mano (1977). El devenir de los actos que reflejan consciencia, no prudentes, muestran el abismo de la crudeza en sus fieles escenas, a partir de las cuales desprende su liberación mediante el ridículo compromiso, que en ocasiones se muestra crítico mediante la atmósfera de sus objetos totémicos, tales como Piano republicano (1990) o Piano canario irregular (1997). Éstos siempre impasibles, nos recuerdan en su quietud el grito afónico y la visión clara, a la vez que incierta - como no, manteniéndose lúcido a través de su ironía -, el olor a lo esencial en el buen generador.

Su trabajo ha sido distinguido con la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes del Ministerio de Cultura en 1989, el premio Canarias 1987 de Bellas Artes e Interpretación, con la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2001 y ahora con el Premio Nacional de Artes Plásticas 2016. En nuestro lugar, por tanto, lo único que nos toca es agradecer el papel como espectadores, contemplando mediante el acto de la ocurrente percepción, a veces absurda y otras no tanto.

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