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Entre líneas

El síndrome de Münchausen

Se trata de un trastorno que debe su nombre al barón de Münchausen, noble alemán que en el siglo XVIII se hi-zo famoso inventando historias asombrosas para conseguir la admiración de la gente de su época. Se caracteriza porque quienes lo padecen fingen o inventan dolencias, con el fin de llamar la atención de médicos y muy especialmente de sus familiares.

En muchas ocasiones sus motivaciones son inconscien-tes, aunque las simulaciones -propiamente dichas- son conscientes y quienes así actúan saben cómo aparentar una enfermedad, con sofisticada habilidad, elaborando antecedentes clínicos en los que se mezclan síntomas y evidencias más o menos creíbles sobre diferentes patologías.

Estos procesos llevan a situaciones tan irracionales como incomprensibles, como autolesionarse, inventar sucesos cargados de dramatismo, mezclando verdades y falsedades, que llegan a confundir porque parecen verosímiles, con la única finalidad de constituirse en centro de preocupación de quienes les rodean, generalmente miembros más directos de su familia, amigos más cercanos o compañeros de trabajo. Su perfil responde al de personas inteligentes y con recursos para persuadir a los demás y convencerles de sus mentiras; en ocasiones son los primeros en creerlas.

Algunos afectados por estos trastornos, a través de relatos exagerados, provocan compasión entre los que les rodean y así aprovechan para "explotarlos" con el fin de obtener de forma un tanto perversa algún tipo de beneficio, que incluso puede ser económico, y también para eludir responsabilidades.

Con estos comportamientos, en definitiva, buscan ser centro de atención permanente y lo consiguen con relativa facilidad, porque nunca se puede tener la seguridad plena de que sus protagonistas no tiene una dolencia concreta; es más, se da la paradoja de que el apoyo que reci-ben estos "enfermos" alivia su situación pero de una forma pasajera, puesto que al poco tiempo dan la impresión de que su estado empeora, surgen nuevas quejas y molestias, que confirman su mal estado y que requieren nuevos tratamientos; es como la "pescadilla que se muerde la cola".

En el fondo de este tipo de indicios, dejando a un lado aquellas patologías más graves y que necesitan un apoyo psicológico o psiquiátrico, lo que late es una especie de victimismo o, dicho de otra forma, lo que interesa es despertar en los más allegados un sentimiento de culpa, si llega el caso, que sólo podrá mitigarse en la medida que obtienen la atención que reclaman.

Con carácter general, las repercusiones a nivel familiar, social y económicas de las enfermedades ficticias son difíciles de evaluar. Se crean obligaciones basadas en la dependencia, se enturbian las relaciones personales y laborales, se colapsan los servicios de emergencias, etc. y, en definitiva, la convivencia con esta clase de personas se hace inevitablemente tóxica.

Las situaciones más habituales y también las menos graves, las encontramos en aquellos contextos donde nuestros ascendientes o colaterales de mayor edad se van quedando solos por causas naturales. Una forma de reclamar protagonismo por su parte responde al planteamiento que se acaba de describir y un camino para abordarlo, en el caso de personas de mayor edad y sin que suponga una tragedia, son los centros especializados en la atención a estos colectivos, ya sean centros de día o residencias más o menos permanentes, donde la oferta -incluso de actividades- facilita mucho su integración social y de paso la superación de estas patologías, desde luego de las menos alarmantes.

Naturalmente, lo deseable es que nadie llegue a sentir ese tipo de necesidades y por tanto a reclamar ser el "centro" de nada, entre otros motivos, porque ya cuenten con los soportes necesarios -sobre todo afectivos- por parte de los suyos. Tratándose de nuestros mayores y en estricta justicia deberían ser el "centro" de todo, pero las evidencias en la sociedad que vivimos apuntan en otras direcciones, mal que nos pese.

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