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Valle de Jinámar: evitar el agua estancada

En uno de sus fértiles encuentros con la otredad, García Lorca imaginó a una niña muriendo en la trampa mortal de un pozo, y trazó con palabras las fronteras de su mortaja sin escapatoria: agua que no desemboca.

Esa poderosa imagen lorquiana en su encuentro con la gran ciudad y sus desprotegidos -aunque es de Poeta en Nueva York, la niña del poema no pertenecía exactamente a la urbe, como los niños de Jinámar- aúna dos de los principales vectores que nos permiten explicarnos el Valle de Jinámar y su condición de pozo social, su carácter excepcional de espacio urbano, pero no ciudad: su condición de agua estancada, de espacio que fracturó la interacción social de sus habitantes con el resto de la sociedad de Gran Canaria y Canarias; y su condición de territorio de hostilidad para la infancia, su grupo humano más numeroso.

Para conocer el Valle de Jinámar es necesario desbrozar los ingredientes del imaginario colectivo, casi siempre erróneo, sobre sus vecinos. Familias de clase obrera -634 procedentes de las Palmas de Gran Canaria, 417 de Telde, 65 familias evacuadas del Sahara, en su primera fase- segregadas de las dos ciudades precedentes, a donde habían llegado en muchos casos empujadas por el cambio de estructura socioeconómica insular, y la ausencia de agua para la agricultura. Esas primeras familias, arraigadas a fuertes vínculos en su entramado social previo -el 20% de las procedentes de Telde llegaba desde San Gregorio, y solo un 3,46% de cuarterías o asimilados, por ejemplo, y desde Las Palmas de Gran Canaria no obtuvo vivienda ninguna familia que habitara en chabolas- fueron abocadas a un proceso de incubación de la guetización: en poco más de un lustro, de principios de 1980 a 1986, pasaron de un 14% de desempleo a casi el 55%, que alcanzaba casi el 79% en la cohorte entre los 20 y los 23 años. El 28,5% de las familias no comía nunca ni carne ni pescado. Y, además de diagnosticarse casos de sarna, herpes, tosferina o paludismo, la mayoría de las familias carecía de cartilla de la Seguridad Social. Más de 20.000 personas vivían, aquellos años, con problemas permanentes para tener agua potable, electricidad, con transporte colectivo reducido y sin centro de salud, entre otras múltiples carencias.

La situación de su población infanto-juvenil era, aún, más grave. Ellos eran los verdaderos habitantes, permanentes, del entonces Polígono de Jinámar. Y una de sus paradojas. Las Palmas de Gran Canaria concedió vivienda con un baremo específico, distinto al estatal, que supuso que más de 2.500 menores de edad formaran parte de la primera población del nuevo espacio urbano. Esos menores, protegidos con una nueva vivienda digna, sufrieron una debacle en su logro educativo, que cuando menos condicionaría su posterior itinerario vital y laboral: el primer curso escolar, el 80/81, el 62,96% de los niños de 8º de EGB aprobó el curso, pero solo dos cursos después ese porcentaje cayó al 16,67%. Solo un 8% de los alumnos que iniciaron EGB cuando llegó al Polígono de Jinámar logró concluir esa etapa educativa en el año que les correspondía. Unos porcentajes alejados de los alumnos de barrios como La Isleta, Las Rehoyas o Schamann, y ni qué decir de Arenales, de los entonces colegios públicos Femenino de Prácticas y Azofra del Campo, en la centralidad urbana y educativa. La hostilidad de ese nuevo espacio urbano con la infancia quedaría inaugurada en diciembre de 1980, con el fallecimiento de tres menores en un incendio, en el bloque 17, de familias numerosas, mientras celebraban un cumpleaños. Los atropellos de niños en sus vías, más propias de autopistas, sería constante. El reparto de leche maternizada, en 1986, dado que los bebés no alcanzaban las medidas del resto de bebés de la Isla, era una evidencia más de que los menores se habían mudado a la exclusión.

El Polígono de Jinámar supuso la producción de un espacio sociourbano de exclusión excepcional, en un ámbito atlántico insular, y produjo a su vez una categoría de desigualdad específica, sin parangón en toda Canarias: la de unas familias en deslizamiento hacia la exclusión, en una isla interior en el seno de Gran Canaria, generada por el embolsamiento de familias de clase obrera de forma paralela a la producción de espacios para una nueva industria, la turística, de la que quedaron desvinculados. Un espacio sociourbano caracterizado por la violencia estructural -desempleo masivo, relegación a espacios donde disminuyen los recursos públicos, estigmatización social y espacial- de otros espacios urbanos de exclusión, como el gueto afroamericano.

La imagen de la niña en el pozo, sin asideros, nos evoca la necesidad de evitar el agua estancada. De evitar la fractura de la interacción, su desvinculación, respecto del resto de Canarias. De propiciar su movilidad, su comunicación, su inclusión. Uno de los vehículos para lograrlo lo ofrecieron el 23 de noviembre de 1984 sus propios vecinos cuando, a pie, llegaron a Las Palmas de Gran Canaria y trasladaron un texto, ejemplo de sabiduría y elegancia, al entonces presidente, Jerónimo Saavedra, en el que alertaban de sus problemas sanitarios y educativos, y reclamaban "un acer-camiento periódico a los vecinos de Jinámar y sus organizaciones naturales". A quienes, día a día, siguen bregando con el agua, en el pozo.

(*) Federico E. González Ramírez es doctor y profesor del Departamento de Psicología y Sociología de la ULPGC, autor de la tesis doctoral 'Polígono de Jinámar. La isla interior. La producción de espacios sociourbanos y hábitos educativos de exclusión (1967-1987)".

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