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A la intemperie

El dedo de mamá

La norma de que la madre permanezca despierta cuando también sus hijos pequeños lo están se rompe a veces a la hora de la siesta, cuando la progenitora da una cabezada en el sofá delante de la tele encendida. Los niños asisten entonces a un espectáculo que les llena de extrañeza. Esa mujer con los ojos cerrados, sin conciencia de sí ni de lo que sucede a su alrededor, es de la que ellos dependen en un grado infinito. Lo raro, ahora, es que, encontrándose presente, se halle ausente a la vez. Ahí está, respirando con suavidad, el cuerpo abandonado, quizá con la cabeza caída sobre el hombro en una postura algo grotesca. Hay críos que, no pudiendo resistir el espectáculo, la despiertan, y críos con afán investigador que se acercan al rostro de esa mamá-otra y lo examinan milímetro a milímetro. Los hay que trepan por su cuerpo y le levantan los párpados o las cejas buscando gestos posibles en aquel rostro ahora maleable como la plastilina. Hay madres que con un pie en el sueño y el otro en la vigilia se dejan hacer por sus pequeños apartándolos suavemente con la mano.

Cuando yo era pequeño y mi madre se dormía en el sofá, después de comer, me quedaba perplejo frente a aquel modo tan raro de estar solo, completamente solo, al lado de ella. Me gustaban aquellos momentos de soledad controlable, pues era consciente de que bastaría un grito para que abriera los ojos. Un día de tormenta, en el mes de agosto, un trueno sonó justo al lado de nuestro salón y se despertó sobresaltada, preguntando si estaban bombardeando. Su susto me produjo pánico. No estaban bombardeando, pero el trueno sonó como cuando en la guerra, siendo ella muy joven, los aviones dejaban caer su carga sobre la ciudad.

No he olvidado aquellas siestas de mi madre durante las que yo me entrenaba en la soledad, tan fructífera cuando es elegida. Viene todo esto a cuento de una noticia según la cual una niña de seis años, en Estados Unidos, llegó a gastar hasta 250 dólares en juguetes utilizando el dedo de su madre, cuando estaba dormida, para desbloquear su móvil. En vez de ejercitarse en la extrañeza, practicaba el robo cibernético. ¡Impresionante! Aunque peor hubiera sido que se lo cortara para disponer de él a cualquier hora.

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