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33er Festival de Música de Canarias

Gustavo Trujillo y F. P. Zimmerman, lo mejor de la apertura

Comenzó el 33er Festival con la baza más fuerte de su programación: una orquesta ocasional de buen nivel medio-alto, aquí escuchada en edición anterior; un joven director, Jakub Hrusa, que ya pasa la frontera de Chequia, su país; y un violinista con nombre propio en el estrellato internacional, muy admirado en las Islas. Lo más aplaudido fue la obra del compositor canario Gustavo A. Trujillo, Chamán, fechada en 2008, y la ejecución por Frank-Peter Zimermann, del Primer Concierto op.19 de Prokofiev.

La concepción sinfónica de Trujillo es excelente, al margen del guión programático que sugiere el título. Hace lucir con segura madurez una estética de confrontación de las familias orquestales, con contrastes que sorprenden en principio y van fundiéndose con lógica impecable en la equilibrada elaboración del discurso tímbrico. La primera exclamación del cuarteto de trompas que interrumpe en coral la vaguedad de la atmósfera en suspensión, la respuesta en las trompetas naturales o con sordina, los agresivos arcos en el trémolo de sus temas, la magnífica integración colorista del viento-madera, la muy eficaz distribución percusiva y, en conjunto, la claridad y energía de un lenguaje rico y concreto, sin lagunas retóricas, despertaron el entusiasmo de la sala por la obra y por la brillante precisión del maestro y la orquesta en una lectura quizás antológica.

Zimmermann estuvo soberbio en Prokofiev por el consumado virtuosismo pero, sobre todo, por su personalísima lectura de una pieza muy generosa en registros expresivos. La lectura como taciturna de las melodías y el ataque furioso del scherzo vivacissimo con una presión del arco que hacía gritar las cuerdas evocaron un cierto satanismo finalmente diluido en la reaparición trinada del motivo principal. De maravilla. El bis del gran violinista fue chocante: una transcripción del Preludio Op.23-5 de Rachmaninov para piano, tan ligado a la forma polonesa de Chopin, y no menos diabólico en la expresión exasperada del solista.

Fiel a su legado nacional, el extravertido maestro Hrusa hizo una versión muy competente del tríptico de oberturas de Dvorak rebautizado como Naturaleza, vida y amor. Se trata de las opus 91, 92 y 93 del catálogo, de las que solo se frecuenta la desenfrenada segunda, Carnaval. Las otras dos, En la Naturaleza y Otelo no proyectan precisamente la mejor versión del genio dvorakiano por su factura premiosa, divagatoria y algo superficial, dicho sea sin demérito de la tersa ejecución de los valiosos instrumentistas, muy jóvenes en su mayoría, exactos en la respuesta a la batuta pero carentes en conjunto de un sonido propio y diferencial.

Aún sin llenarse, el Auditorio tuvo una entrada muy numerosa. Al igual que el día anterior en Tenerife, fueron regaladas alrededor de un 50 por 100 de las localidades, según fuentes del Festival. Esta generosidad tiene un lado bueno y otro malo. El primero es facilitar el acceso a quienes no pueden pagarlo, y el segundo volver atrás en la inveterada costumbre del gratis total aún cuando los precios han sido rebajados a la mitad. Pero si los que pagan lo aceptan así, pues tutti contenti...

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