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Papel vegetal

Cómodos en la oposición

Explica el historiador alemán Gregor Schöllgen que los socialdemócratas germanos parecen sentirse más cómodos en la oposición que cuando están al frente del Gobierno. De ahí que hagan siempre todo lo posible por desmontar a sus dirigentes como están haciendo ahora mismo, dice, con el vicecanciller de la coalición, Sigmar Gabriel. En los 150 años de historia del partido, sólo 23 años tuvieron a un canciller al frente del país: tres durante la accidentada República de Weimar, trece en la antigua RFA y siete tras la reunificación.

Como quiera que la CDU parece considerarse con derecho exclusivo a gobernar desde su creación en 1949, nada más fácil para los socialdemócratas, escribe Schöllgen que enlazar con lo que interrumpió la llegada de Hitler al poder: su cómodo rol de opositores. A ojos de la izquierda socialdemócrata, el poder es siempre sospechoso. Y ninguna oposición ha contribuido tanto al desgaste de un canciller de ese partido como la interna del propio SPD. Por ejemplo, el que Willy Brandt dejase la cancillería en 1974 tiene que ver con el llamado escándalo del espía Günter Guillaume, pero sobre todo con los ataques del jefe de su grupo parlamentario y del dirigente de los poderosos sindicatos.

En el caso de Helmut Schmidt fue la llamada "doble decisión" de la OTAN lo que provocó las iras de la izquierda del partido. Y Gerhard Schroeder indignó a muchos correligionarios con la reforma laboral de su Agenda 2010. Schöllgen cuenta otros episodios a favor de su tesis como la elección de Oskar Lafontaine a la presidencia del SPD, que no fue otra cosa que una declaración de guerra a su correligionario Rufolf Scharping, que aspiraba a la cancillería. Ahora eso se reproduce con Gabriel, actual presidente del partido y vicecanciller en el Gobierno de Angela Merkel, a quien sus correligionarios no hacen más que poner piedras en el camino.

Por ejemplo, animando al ex presidente del Parlamento europeo, Martin Schulz, a competir con él, lo que, según señala el historiador en un artículo para el Süddeutsche Zeitung, tiene cierta lógica. Si Schulz diera el paso, no tendría apenas posibilidades frente a una veterana como Angela Merkel y, si no lo hace, al menos habrá contribuido a debilitar a Gabriel. En Alemania, la oposición parece sentarle bien a la izquierda. Pero, ¿no ocurre también en España, donde algunos dirigentes socialistas hicieron todo lo posible por frustrar las aspiraciones de su candidato, Pedro Sánchez?

El problema, sin embargo, es saber para qué se ejerce el poder una vez que se alcanza.

Si es para hacer el trabajo sucio de la derecha, como ha ocurrido en tantas partes -la última vez, en Francia con las reformas neoliberales del socialista Hollande- o para transformar el país en un sentido progresista?

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