Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

SOL Y SOMBRA

El velo y la prohibición

Mark Twain, que además de gran escritor y humorista consumado, era un genio de las ocurrencias, definió mejor que nadie en esta vida la trascendencia de las mujeres. Le preguntaron en qué se convertirían los hombres sin ellas e indubitadamente respondió: "En escasos, señor, muy escasos". Sin embargo existen, desde que el mundo es mundo, ejemplos a diario de la poca importancia que el hombre otorga al papel decisivo de la mujer. No hace falta que traiga aquí los casos históricos de opresión hasta la emancipación femenina. Tampoco les voy a aburrir incidiendo en la lacra de la violencia de género o doméstica en las sociedades avanzadas. Mucho menos en las que no lo son, donde los abusos y las violaciones son constantes.

Seguramente el velo de la mujer musulmana sea en la mayoría de los casos el fruto de una imposición machista debido al fanatismo religioso y las costumbres medievales en algunos países árabes o con mayoría islámica. En otros casos, puede que el hecho de llevarlo deba atribuirse exclusivamente a la propia voluntad de la que elige cubrirse con él la cabeza. No sé, puede que haya un poco de todo. Hasta no hace mucho las mujeres mediterráneas usaban pañoletas por motivo de recato. Pero el velo en el Islam tiene otras connotaciones y no siempre resulta cómodo convivir con ellas. Naturalmente cuando el pañuelo se convierte en un burka o en un niqab el asunto adquiere un cariz distinto: la religión o la estética de la mujer sometida al hombre se convierte en un problema para la seguridad en un mundo al descubierto.

La justicia europea ha avalado que las empresas puedan prohibir el velo sin que por ello se las acuse de trato discriminatorio religioso. Europa empieza a ver en la reciprocidad una herramienta útil para combatir el choque de civilizaciones.

Compartir el artículo

stats