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OBSERVATORIO

Nuevamente el horror

Ha llovido gas sarín sobre una pequeña población donde habían buscado refugio muchas familias que huyeron de Alepo el pasado diciembre, cuando esta ciudad cayó en manos del régimen de Damasco después de un largo asedio. Gentes que ya habían vivido dos años de infierno y que ahora han descendido a un círculo aún más profundo, pues Dante tenía mucha razón al advertir a los que entraban que perdieran "toda esperanza", porque una vez dentro solo se puede ir a peor. António Guterres, secretario General de la ONU, ha descrito este asesinato de unas 80 personas como "crimen de guerra" y ha pedido al Consejo de Seguridad que lo investigue pues el uso de armas químicas esta prohibido desde la Primera Guerra Mundial. Pero algunos no hacen caso.

Durante la guerra con Irán, Bagdad utilizó armas químicas en Halabiya y yo vi a algunos heridos con quemaduras en buena parte del cuerpo, cuando fueron tratados en el hospital militar Gómez-Ulla de Madrid. Las armas químicas son algo espantoso que no distingue entre hombres y mujeres, niños y ancianos, igualando a todos en una muerte atroz. Ese precedente y el deseo de Saddam Hussein de hacer creer que las tenía y no cooperar con la misión de Hans Blix, llevó a mucha gente a pensar que efectivamente las poseía. Y luego pasó lo que pasó.

En Siria también está documentado el uso de armas químicas por todos los contendientes. Hafez al Assad las usó en Hama en 1980 y también su hijo Bachar el 21 de agosto de 2013 en Guta, donde murieron 1.400 personas. Allí Bachar cruzó una "línea roja" que había marcado Obama. Pero éste, que no quería verse arrastrado a otra guerra en Oriente Medio, acogió con alivio la propuesta rusa de llevarse y destruir todas las armas químicas que quedaban en el país. No debieron salir todas, y en todo caso esa decisión marcó el principio de la decadencia de la influencia norteamericana en la región y el comienzo del ascenso de Rusia. En las conversaciones para la paz en Siria, celebradas en Astana, participaron rusos, turcos e iraníes pero no norteamericanos.

Ahora le ha tocado a Jan Sheijun, un pueblo de 75.000 habitantes próximo a la frontera turca, dominado por milicias islamistas vinculadas con Al Qaeda. Naturalmente, nadie se hace responsable de la salvajada. Los rusos niegan que sus aviones hayan usado bombas químicas y lo mismo dice Al Assad, que echa la culpa a los rebeldes porque están perdiendo la guerra y porque apenas unos días antes Washington había dado otra vuelta a la tuerca de su desenganche, afirmando que la salida de Al Assad ya no era una prioridad y que eso era algo a decidir por el pueblo sirio. ¡Como si los sirios pudieran elegir algo! Pero Assad posee aviones, cosa que los rebeldes no tienen y por eso los rusos han lanzado la hipótesis de que una bomba haya caído sobre un depósito de armas químicas de los rebeldes y que lo haya hecho estallar. Pura casualidad, mala suerte. Por otro lado, británicos, franceses y norteamericanos no dudan en culpar al régimen de Damasco, y Trump ha dicho que era un crimen "odioso" pero que la culpa era también de la debilidad mostrada por Obama en 2013.

El cruce de acusaciones es algo habitual y no será fácil hacer indagaciones en territorio dominado por Al Qaeda. Y del Consejo de Seguridad no cabe esperar nada porque hace apenas dos meses que Rusia y China interpusieron su veto a un intento de condenar al régimen de Damasco por un caso similar. Ahora Rusia ha dicho que las acusaciones contra su protegido Bachar "son totalmente inaceptables" y ha amenazado con volver a vetar cualquier intento de condenarle. Sería su octavo veto con Siria. Por eso la embajadora norteamericana Nikki Haley, comprensiblemente frustrada, dijo que los EE UU podrían decidirse a actuar al margen de la ONU, que está bloqueada por el veto ruso. Y dicho y hecho. En la noche del jueves pasado, Estados Unidos lanzaron más de 50 misiles Tomahawk desde dos buques en el Mediterráneo sobre la base siria de Shayrat, que es el lugar desde donde se lanzó el ataque con gas sarín. Los rusos fueron prevenidos antes pero ha habido varios sirios muertos y algunos aviones destruidos.

Escribo este artículo en Texas, Estados Unidos, donde el ambiente es muy belicoso en contra de Bachar al Assad por esta enésima matanza de seres inocentes. Y no son solo los republicanos sino también los demócratas, aunque estos piden que sea el Congreso el que autorice antes estas operaciones. Y la ONU fuera de juego.

Lo ocurrido plantea varios interrogantes como saber si estamos ante un gesto simbólico de Trump o si es preludio de una mayor involucración de los EE UU en Siria. Tampoco sabemos cómo responderán los sirios (que algo tratarán de hacer) y cómo afectará este ataque a la relación entre Moscú y Washington. De momento, los rusos están indignados, han hablado de agresión y han comparado este ataque con la invasión de Irak, que es pasarse un pelín, mientras los norteamericanos acusan a los rusos de una de dos, o ser cómplices de Assad o ser unos incompetentes por no haber evitado el ataque. Xi Jinping, que estaba en Mar a Lago, debe sonreír al ver a Trump enredarse más en Oriente Medio porque eso le deja las manos libres en Asia. Aquí el que no corre, vuela.

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