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SOCIEDAD ANÓNIMA

Caducidad de siete vidas

La polémica sobre la utilidad de la pena de muerte ha vuelto al primer plano de la actualidad en Estados Unidos tras la suspensión por una juez federal de siete ejecuciones programadas en el espacio de 11 días en un penal de Arkansas. La juez acepta, en principio, el argumento de los reos de que la ejecución en cadena es una "pena cruel" prohibida por la Constitución, y rechaza las inhumanas alegaciones del gobernador republicano del Estado que pedía autorización para llevarlas a cabo en ese corto periodo de tiempo so pretexto de que los sedantes a utilizar entraban en periodo de caducidad y por tanto habría que pagar otros nuevos al laboratorio proveedor. A esta suspensión cautelar ha de añadirse otra promovida por una empresa farmacéutica que acusa a la dirección del penal de haberle comprado uno de los productos utilizados en las ejecuciones ocultándole que lo iban a usar fraudulentamente para esos siniestros fines. Mientras esos recursos, meramente procesales, se resuelven, los siete reos volverán al corredor de la muerte a la espera de que una improbable petición de gracia cambie su trágico destino en el último momento. El sistema penal norteamericano es abundante en casos de falsos culpables que fueron condenados, o estuvieron a punto de serlo, por jurados no demasiado rigurosos en la apreciación de pruebas y testimonios. Y dos magníficas películas, Doce hombres sin piedad y Cómo matar a un ruiseñor, fueron un estremecedor ejemplo de todo ello. A los escolares de mi generación nos impresionaron especialmente los casos del matrimonio Rossemberg y de Caryl Chessman, más conocido como el "asesino de la luz roja". Los dos primeros fueron acusados de entregar los planos de la bomba atómica a la Unión Soviética. Su militancia en el Partido Comunista, un testimonio falso y la histeria anticomunista que agitaban personajes como el director del FBI, Herbert Hoover, y el senador republicano McCarthy, crearon un clima propicio a declararlos culpables y fueron ejecutados en la silla eléctrica en el penal de Sing-Sing en 1953. Cincuenta años después, el cuñado del señor Rossemberg reconoció que había mentido en su declaración al inculparlo. Ni que decir tiene que en la prensa franquista de la época el matrimonio Rossemberg fue presentado como una pareja de características infernales. Pero el personaje supuestamente criminal que ocupó más nuestra atención aquellos años fue Caryl Chessman. Tenía 27 años cuando el 25 de junio de 1948 un jurado formado por 11 mujeres y un hombre lo declaró culpable de robo y dos secuestros seguidos de violación, y 39 cuando fue ejecutado en la cámara de gas tras numerosas aplazamientos de su condena. Siempre se declaró inocente de los crímenes que se le imputaban y alegó que su primera declaración le había sido arrancada bajo tortura. Durante su estancia en la cárcel estudió Derecho, escribió tres libros de memorias, una novela y numerosos artículos para la prensa. Importantes personalidades (Eleanor Roosevelt, Pau Cassals, Aldous Huxley, Ray Bradbury, etc.), amén de la Unesco, pidieron la conmutación de la pena y se convirtió en un exponente universal de la lucha contra la pena de muerte. La "luz roja" aludía a los destellos de los vehículos policiales que vigilaban a las parejas de enamorados.

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