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Miocardiopatía hipertrófica

Ignatius Farray padece una miocardiopatía hipertrófica. Lo descubrió por una variz gigantesca que le recorre toda su pierna izquierda. Eso lo obliga a atender a su alimentación y a su consumo de alcohol más de lo habitual, lo cual le resulta complicado, ya que acaba de separarse y su mujer le acusa de padecer un trastorno obsesivo y de comprar libros y masturbarse de forma compulsiva. Su vida profesional tampoco marcha bien: es cómico monologuista y sus ingresos no atraviesan el mejor momento. Lo que les cuento no es una ficción, sino la vida real de Ignatius, tal como la presenta en El fin de la comedia, cuya T2 se estrenó completita de una tacada en Movistar+ hace pocas semanas. Ah, se me olvidaba, El fin de la comedia -con sus reales miocardiopatías hipertróficas, sus reales juicios por la custodia de una niña, sus reales patéticas actuaciones chupando pezones de los espectadores- es una comedia.

Fue Jerry Seinfeld el primero en descubrir que el personaje auténtico era un auténtico personaje -remito a Edu Galán y su imprescindible ensayo sobre el stand-up Morir de pie para desarrollar esta idea-. Desde entonces a la comedia le ha brotado un alien autorreferente, que a base de crecer brutalmente en densidad y significado, quiere zamparse al género madre: las series agridulces donde el cómico hace de sí mismo. A Seinfeld la sucedió Larry David; luego vino la obra más libre, honrada e inteligente de los últimos años: Louie. Y en España las últimas mejores series pertenecen a este subgénero: ¿Qué fue de Jorge Sanz? y El fin de la comedia, la desesperada, precisa y desnuda autobiografía con aroma de epitafio de esa bestia del humor animal llamada Ignatius. Contra lo que a veces se insinúa, los ataques más despiadados de los humoristas suelen ser contra ellos mismos. Cuando el drama reflexiona sobre el drama, aburre. Cuando la ciencia ficción reflexiona sobre la ciencia ficción, aturde. Pero cuando el humor reflexiona sobre el humor da lugar a momentos de una hondura y una lucidez multinivel irrepetible. Cuídate esa cardiopatía, Nacho, necesitamos que El fin de la comedia no tenga fin.

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