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REFLEXIÓN

Nihilismo docente

(En respuesta a Mariano Fernández Enguita)

Hoy en día el profesor que queremos los alumnos es aquel que no es un cumplidor, ya que así podemos descansar de la asignatura". Estas son las palabras que escribió una alumna a una simple pregunta. Esta misma: "¿cuál es para ti el buen profesor?". Previamente, y como hago siempre, les había requerido una justificación razonada de la respuesta a fin de que motivaran su argumento, por escaso que fuera. La declaración, por supuesto, fue asumida íntegramente por el resto de los compañeros, hasta casi festejarla. Ninguno de los allí presentes encontraba desajuste o contradicción en el pensamiento, expresado con plena y legítima libertad sin que hubiera conducción interesada por parte del docente. Fue la genuina manifestación de una convicción, no tanto personal, que a la vista salta que lo es, cuanto de una realidad objetiva, la percibida en las aulas tras estar en ellas durante un período determinado, el mismo que define casi al completo una vida académica. El convencimiento del alumnado, en cierta manera, refleja el estado actual de la situación en torno a la figura del profesor. Por una parte, se reclama de la docencia una mayor preparación, un grado formativo acorde con el devenir de las nuevas generaciones que pueblan los centros educativos, y, por otra, al profesional que osa cumplir con los contenidos curriculares y evaluar en conciencia se le califica de "mal profesor". La educación jamás se había encontrado en una encrucijada como la que ahora debe enfrentar, esto es, la necesaria y urgente tarea de dar sentido y propósito a la escuela a través de uno de sus protagonistas, el que enseña. Porque lo que ocurre, a menudo, es que se da por hecho que el profesor sabe lo que hace, y desgraciadamente no es así. Muchos antiguos profesores y maestros, felizmente jubilados, miran, entre asombrados y entristecidos, a los nuevos profesionales. La razón no es otra que la advertida: en sus tiempos, sabían a la perfección quiénes eran y qué impartían, actuando en conformidad con un código de conducta normalizado socialmente. Sin embargo, ese consenso ha saltado por los aires.

¿Qué es un profesor? ¿Un diligente transmisor de conocimientos o, por el contrario, un animador lúdico, un profesional de la fiesta, quizás un payaso institucional? La respuesta no es tan fácil , ya que, a los ojos de los alumnos, el "buen profesor" está más cercano a la última categoría, a la del saltimbanqui circense. Curiosamente, esta imagen de los chicos es la que, de manera progresiva, está siendo difundida y sancionada positivamente por la Nueva Pedagogía, y la que, casi sin querer, se está trasladando a la sociedad en su conjunto. En esta dirección, el profesor ya no genera responsabilidad ni la debe exigir, ni tan siquiera es un modelo de sabiduría y honestidad. Es únicamente un acompañante y, como tal, lo que se espera de él es una espontánea simpatía, un punto de diversión y poquito más. El que se empeñe en recuperar la figura tradicional del profesor, no es que sea mal visto en la escuela de nuestros tiempos, es que lo estigmatizan por tal pretensión. La conclusión apresurada de estos movimientos de regeneración educativa es que la escuela ha de obedecer a la pedagogía del vacío, al puro entretenimiento, antes que a la formación entendida en términos rigurosos. Como la alumna de un principio, el profesor no ha de cumplir, no ha de ejercer su tarea, no ha de enseñar, no ha de evaluar ni emitir calificaciones? No ha de ser, en una palabra. Es la negación metafísica del magisterio, un nihilismo que si deja mal a alguien es al que ha de soportar la acción docente. Ya no parece tan cómica y absurda la afirmación de que los profesionales de la enseñanza no saben lo que hacen en cuanto se revela el fatal designio en que se encuentran. Vivimos una época extraordinaria en la que no es extraño contemplar y disfrutar de unos avances que apenas eran vislumbrados en los textos utópicos de finales del siglo XIX, pero, justo en sentido opuesto, lo que parece ganado para la ciencia y la tecnología, y aun para la comunicación en general, no es apreciable en la educación. Los agentes implicados en ella están experimentando, de modo desigual, los discursos pedagógicos, porque si el alumnado recibe el beneplácito y hasta la sobreprotección de los encargados de velar por la ciencia educativa, de ninguna de las maneras puede mantenerse semejante argumento para la docencia. Los profesionales asisten, no se sabe si con incredulidad o con ánimo perplejo, a una creciente atmósfera de incertidumbre, impropia de las certezas que cualquiera que afronta a diario el trato con los menores necesita para su trabajo y sentir que el suelo que pisa no se derrumba a su paso. Esta es la realidad a la que ha abocado un pedagogismo dañino e insustancial, pero al que nadie parece pararle los pies.

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