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Voladura (momentáneamente) controlada

Dos outsiders en la segunda vuelta, los gaullistas y los socialistas excluidos, Mélenchon recuperando las mejores cotas históricas del PC. Los resultados de la primera vuelta presidencial francesa dibujan en apariencia una explosión del mapa político de los últimos 35 años. Una voladura que retrotrae al Hexágono al paisaje de las legislativas de 1978, en cuya primera vuelta cuatro fuerzas políticas oscilaron entre el 22,8% y el 20,6%. Sin embargo, bajo la innegable conmoción del domingo, admirablemente prevista por unas encuestas a las que tan sólo se les escapó la alta participación, yacen numerosos indicios de que asistimos a una voladura (momentáneamente) controlada. Aunque también se desprende un cierto aroma de última oportunidad.

En 1978, tres años antes de la llegada del socialista Mitterrand a la presidencia, la primera vuelta de las legislativas fue ganada por el PS (22,82%), seguido de los conservadores gaullistas (RPR, 22,52%), los liberal-centristas del entonces presidente Giscard (21,37%) y el PC (20,61%). Los años posteriores situaron al PC al borde de la extinción y fundieron a los gaullistas con buena parte de los centristas hasta componer un panorama bipartidista de conservadores y socialistas). Amenazado de modo creciente, eso sí, por el ultraderechista Jean-Marie Le Pen, cuyo Frente Nacional (FN) sólo había cosechado un escuálido 0,33% en 1978.

Se da por sentado que en Francia se vota con el corazón en la primera vuelta, en cualquier primera vuelta, dejando las utilidades para la segunda. De ahí que resulte esclarecedor comparar la fotografía de 1978 con la de 2017, pese a tratarse de elecciones de diferente cariz. La superposición de ambas instantáneas refleja que, excluidos del cuarteto los socialistas, víctimas de la crisis de identidad y arraigo que aqueja a la socialdemocracia europea, su liderazgo ha pasado a ser ocupado por el centrista Macron, mientras que el segundo lugar de los gaullistas se ha transferido a Le Pen. Así pues, en estas décadas, se ha generado un desplazamiento del eje del tablero político hacia la derecha. Desplazamiento que se corrobora por el relevo en el tercer lugar de los liberal-centristas por los conservadores y por la sustitución del PC por una nueva izquierda alternativa que cierra sus mítines con La Marsellesa en lugar de entonar La Internacional.

En este nuevo panorama derechizado, los outsiders (Macron y Le Pen) lo son tan sólo porque hablan del sistema como si les fuese un ente ajeno. Añagaza política. Con 7,6 millones de votos, es decir, respaldada por uno de cada seis franceses con derecho al sufragio, Le Pen no es ya sino el ala derecha del sistema. El fenómeno es designado por la prensa francesa como "banalización del FN" y, pese a la inmediata llamada de socialistas y conservadores a votar a Macron para cerrarle el paso a Le Pen, consagra la extinción del cordón sanitario establecido hace décadas en torno al FN.

En cuanto a Macron, que proclama su voluntad de romper con un sistema "incapaz de responder a las necesidades del país desde hace 30 años", sólo tiene de outsider el hecho de que, con toda probabilidad, llegará a la presidencia gala sin haber pasado por ninguna cita previa con las urnas. Es decir, se ha saltado todas las barreras y ha volatilizado el cursus honorum habitual en Francia. Por lo demás, su currículum de enarca, banquero, jefe de la fontanería presidencial de Hollande y, luego, ministro de Economía encargado de pilotar su giro al centro le convierte, a sus 39 años, en el discípulo más aventajado del sistema. No en vano, salvó catástrofe, será el presidente más joven que haya tenido la V República.

Desembarazado del lastre del PS, parte del cual se integrará o se aliará con En Marcha, el neopartido macroniano, el vencedor de la primera vuelta pretende abordar reformas que saquen a Francia de su estancamiento de dos décadas, para lo cual tendrá que construir una mayoría parlamentaria en las legislativas de junio o exponerse a perder el tiempo en las guerras de una nueva cohabitación. "Hacen falta jóvenes que quieran ser millonarios" ha sido uno de sus gritos de guerra más ensalzado y criticado.

Revitalizar una Francia que en 1981 nacionalizaba la banca cuando Reino Unido y EEUU estaban ya en plena ofensiva neoliberal fue también la declarada pretensión de Sarkozy en 2007. Pero Sarkozy era un vendedor de humo y, para su desgracia, le estalló en las narices la crisis de 2008. Hollande, ya en plena crisis del euro, se ha contentado con proteger a la sociedad francesa del latigazo de la austeridad germana y ha acabado protagonizando un quinquenio que, zarpazos terroristas al margen, sólo puede calificarse de anodino. Y que desembocará, según las encuestas, en la presidencia de un Macron a quien se augura al menos un 62% de votos el próximo 7 de mayo. Un Macron cuya referencia en EEUU es Obama y cuyo mayor hincha en España es Ciudadanos.

Aunque su programa económico tiene la nebulosa microprecisión continuista de los discursos tecnocráticos, Macron es el único de los cuatro grandes candidatos del domingo que proclama la necesidad de seguir construyendo la UE. Al nacionalismo proteccionista de Le Pen, el socioliberal Macron, a quien Hollande considera al parecer un hombre de izquierdas, opone el patriotismo y mayores dosis de Europa. De que su brillante cabeza haya entendido las claves de la crisis francesa y europea dependerá que sus acreditadas manos de pianista toquen una melodía capaz de parar el ascenso de la ultraderecha. Porque habrá más elecciones y en ningún sitio está escrito que el techo de Marine Le Pen sean sus 7,65 millones de votos del domingo.

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