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Javier Durán

RESETEANDO

Javier Durán

Periodista

Amontonar los escombros

No vale la pena cabrearse con el obituario de la agencia pública Efe por omitir que el exministro falangista Utrera Molina firmó la sentencia de muerte con garrote vil -la última- del anarquista Puig Antich, o que hurtase que la justicia argentina había reclamado al anciano perseverante por delitos de lesa humanidad. Tampoco debe ser motivo de repulsa ver como cuatro o cinco camaradas, con camisa azul, le cantan el Cara al Sol mientras sacan su ataúd bajo la triste mirada de su yerno Ruiz-Gallardón, exministro de la democracia. Nada debe ser motivo de exclamación aguda ni de perífrasis bajo el cielo de la soberanía parlamentaria. Estamos en la grabación de una película extraordinaria: los escombros de una época, el fiel escudero de la ideas de un caudillo sanguinario recibe el último adiós de una chocante comitiva extraída del túnel franquista. Acaban de pasar por la heladería de la nostalgia y saborean correosos un corneto de recuerdos, sobras y destellos que tratan de atrapar momificaciones de décadas y décadas atrás. Lleva el pecho cubierto de las condecoraciones de la ruina, del depósito donde yace toda la chatarra conmemorativa del régimen. Dejémoslo en paz, que ellos, poco a poco, se descomponen como hierbas aromáticas en sus panteones, entre sus humores y desalientos. Ya debe acabar la mala sangre: son los restos de los restos de los que perdieron la cabeza por un orden cancerígeno. Cada vez que uno de ellos declina no se debería pensar y repensar en el odio, cuestión difícil, sino más bien en la necesidad de que todo esté en los libros, museos, exposiciones y planes educativos para que nada igual se vuelva a repetir. No es perdón. Amontonemos los escombros a un lado, creemos una gran montaña, y encima de ella demos forma a la superación de todas la visceralidades, incluso hasta las que nos resulten de compleja aceptación.

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