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ZIGURAT

Europa camina derecha

Aunque parece que Macron ganará las elecciones francesas a falta de la segunda vuelta, no deja de sorprender el auge de los movimientos de ultraderecha en Europa. Los franceses que acudieron a las urnas desilusionados, asustados y cansados, con una abstención parecida a las anteriores elecciones -sobre un 20%- es la primera vez que eligen presidente con un país en estado de emergencia y con el sobresalto en el cuerpo por los atentados terroristas de la pasada semana.

El caldo de cultivo de los votos es ahora una clara visión de una Europa que se desentiende de sí misma y que va camino de desaparecer entre las brumas de la derecha más radical y ostentosa.

Quién les iba a decir a los franceses -otrora tan intelectualizados-, con su espléndido sistema educativo, con una poderosa central sindical, que ahora mismo se la están jugando: se están jugando su papel en Europa y en su misma esencia, ya de por sí dividida a costa de tensar las cuerdas que la amarran a un sistema republicano y socialdemócrata. Y no es poco con la bendición de Trump, que ha aconsejado a los franceses lo que deben hacer para conseguir una Francia con destino en lo universal, como volviendo a la Ilustración: ¡tamaño regalo envenenado con Le Pen!

En las lecturas de los avances de los partidos xenófobos, antiislamistas y populistas, no nos quedamos solo con los resultados de los estados más importantes e influyentes, caso de Inglaterra, donde el brexit ha sido un esfuerzo neoliberal por sacar a Inglaterra de un proceso de unión en el que nunca estuvo cómoda, ni ahora ni antes, porque hasta en filosofía se han considerado siempre una isla de pensamiento.

Así, no es extraño que el hundimiento de las propuestas socialdemócratas, o cristianodemócratas, exhaustas de sus propios errores en política económica y de inmigración, haya propiciado que los partidos -algunos con más de cincuenta años de recorrido- que se consideraban en la periferia del poder político, hayan asumido un liderazgo difícil de digerir para millones de europeos que tenían en esta empresa común sus destinos.

Es altamente confuso el panorama político del espacio europeo, porque el pueblo -como aún lo siguen llamando- también está cansado de las élites capitalistas, de las grandes industrias y sus dueños, que han dejado en la calle a millones de personas, sin que ellos pierdan poder adquisitivo; y lo que es aún peor: que sean más ricos cuando más duele en la calle.

Aquel dichoso fantasma del comunismo en las preliminares del manifiesto, ha devenido en otro fantasma que sin la toma de las calles y las industrias, despacito, ha ido dejando en la cuneta a los grupos políticos tradicionales; un vistazo a la Europa de ahora mismo deja un déficit de cultura democrática como un aumento de la desconfianza y la radicalización: Pegida, Aurora Dorada, por dejar dos ejemplos notables de agresividad política y movilización.

Pero en el camino están tensando su cuerda en Austria, Holanda, Bélgica, Dinamarca, Polonia, Finlandia, Suecia, Italia, Hungría... a todos ellos los une el llamado nacionalismo, ahora desgajado del patriotismo, el populismo -ahora llamado otra vez pan y circo-, el racismo, la xenofobia y la islamofobia, un cóctel demasiado fuerte para que no traiga consecuencias graves a una Europa moribunda en la que ya nadie cree.

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