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Crónicas galantes

Catorce millones de chinos más

El Gobierno de Pekín ha descubierto a catorce millones de chinos que no figuraban hasta ahora en el censo. Sabíamos o intuíamos ya que hay muchos chinos en China; pero no deja de sorprender que sean tantos como para que las autoridades no lleven la cuenta.

La fácil explicación reside en el maoísmo y el machismo. Preocupados por el desaforado crecimiento de la población, que ya anda por los 1.380 millones de habitantes, los herederos de Mao implantaron hace cuarenta años la llamada política de hijo único.

Tal método de control -muy superior al preservativo y a la marcha atrás- consistía en que ninguna pareja pudiese tener más de un retoño, bajo graves amenazas punitivas. Y aquí entró en escena el machismo, tan extendido aquí como en Pekín. Los matrimonios deseosos de tener un varón optaban por el aborto cuando venía una niña o simplemente no la inscribían en el registro, con la esperanza de que el próximo alumbramiento fuese el de un crío. Ahora que la Iglesia ha suprimido el limbo, aquellas niñas no deseadas pasaron a vivir en el limbo administrativo.

Así es como nació esa enorme población fantasma que ahora empieza a aflorar tras la abolición -hace un par de años- de la política de un hijo por pareja. El gobierno chino ya se maliciaba algo de esto cuando llegó a prohibir las ecografías y el aborto al constatar que la proporción de niños era de 125 por cada 100 niñas en determinadas zonas del país.

Calculan los contables del régimen que en China dejaron de nacer unos 400 millones de bebés gracias a la política del hijo único. No contaban, sin embargo, con la picaresca de los padres que decidieron ocultar a sus hijas, con el consiguiente descuadre del censo.

Ahora se estima en unos treinta millones la cifra de chinos (o para ser exactos: de chinas) que pudieran haber escapado a los estrictos controles de la dictadura. Los catorce millones que acaban de salir a flote son solo la primera avanzadilla de esa población clandestina generada por la ingeniería social de régimen. Quedan aún otros tantos sin partida de nacimiento, que esos no son chinos ni son nada.

La historia de las legiones de chinas inexistentes, si bien de carne y hueso, daría para un cuento fantástico e incluso para una película que probablemente ya se esté tramando en Hollywood. El maestro Torrente Ballester, por ejemplo, ideó en La Saga Fuga de JB un pueblo fantasmal -Castroforte del Baralla-, que levitaba y se hacía invisible cada vez que sus vecinos compartían una emoción al mismo tiempo.

Esto de China va mucho más lejos, naturalmente. Ni el escritor de más fértil imaginación podría intuir la existencia de una millonada de habitantes que circulaba por ahí sin que nadie -salvo sus padres, familiares y amigos- tuviera hasta el momento la menor noticia de su existencia.

Seguramente sin pretenderlo, los gobernantes maoístas han recreado a gran escala la leyenda del hombre (o más bien, la mujer) invisible multiplicada por catorce millones de fantasmas. Son excesos propios de un país tan desaforado como para permitirse dejar fuera del padrón a diez, veinte o treinta millones de ciudadanos con la seguridad de que están ahí y ya irán apareciendo. Cosas del Oriente misterioso.

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