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Olor a pasado

Pese a lo que ahora pretenda aparentar, la resistencia del PP a asumir los sucesivos afloramientos de lo que nunca debió pasar fue tan contumaz como para haber generado algunos hitos menores de la historia. El primer partido político imputado como tal (por la destrucción de los ordenadores de Bárcenas) ha conseguido que, con su rechazo a aclarar los detalles de la (constatada) 'caja B' que surgen en el juicio por el caso Gürtel, Mariano Rajoy sea el primer presidente de Gobierno que tenga que testificar en una vista pública, y lo hace además por asuntos turbios que haya podido conocer como responsable orgánico de su partido.

La resistencia del PP a clarificar las zonas oscuras de su pasado reciente llega incluso a la deslealtad con sus socios de investidura. El naranja simbólico de Ciudadanos mudó en rojo vergüenza al constatar que los populares incumplían sin recato, e incluso con la actitud fachendosa inherente a alguna de sus más significadas caras públicas, el compromiso respecto a la investigación parlamentaria de su financiación y la supresión de los aforamientos.

El persistente no querer enterarse de nada de los responsables del partido sólo queda en suspenso cuando algunos atisbos de negrura resultan aprovechables como munición en los ajustes de cuentas internos. Esa es otra de la evidencias que nos deja hasta ahora el recorrido judicial de Ignacio González y su trama.

El derrotero de los acontecimientos en torno al Partido Popular empieza a devolvernos el aire de otra época. Huele como si hubiéramos dado un salto atrás de más de dos décadas y asistiéramos a una reposición de la agonía del felipismo: ni un día sin sorpresa.

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