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Juanjo Jiménez

LA MÁQUINA CHINA

Juanjo Jiménez

Periodista

Di algo, delfín

Jussi Karlgren además de ser un señor sueco es profesor adjunto de Tecnología del Lenguaje, y cofundador de una empresa -Gavagai AB-, que aplica la inteligencia artificial para dominar prácticamente todos los idiomas de la tierra. De momento llevan 40 idiomas humanos pasados por la compleja computación de la sintaxis y la gramática a través de este sistema para, pues vaya usted a saber.

El próximo reto es el de conseguir aplicar esta ocurrencia en descifrar el lenguaje de un viaje de delfines nariz de botella que se encuentran en un parque natural al sur de Estocolmo.

La cosa está en lograr identificar sus sonidos mediante un complejo programa informático y en crear un diccionario con el fin de poder alegar con esta gente en condiciones.

Hay que subrayar que una de las teorías que defienden que de los alienígenas no vamos a entender ni papa, gira en torno al hecho de que no hemos sido hasta la fecha capaces de comprender a una orca o a una ballena. O más crudo aún, ni siquiera a otros humanos como ocurre por la imposibilidad, de momento, de descifrar la escritura rongorongo de la isla de Pascua, al igual que pasó con los jeroglíficos egipcios hasta que no se dio en la tecla en el año 1799, cuando se descubrió la piedra Rosetta, la que traía en un mismo tenique un texto en escritura demótica egipcia con su respectiva traducción en griego antiguo. Una clave que permitió finalmente a un señor llamado Champollion -que quizá fuera el precursor del tradicional empollón- resolver el enigma.

En mayo de 2015 la NASA publicaba el ensayo Archaeology, anthropology and interstellar communication en el que un cardumen de expertos incidía en el que el extraterrestre por venir, para más complicación del personal terrestre, podría usar incluso otros canales que no tenían que ser el de los sonidos para emitir paquetes de información, que podrían ser por ejemplo visuales. Esto por no hablar de con qué terno se va a presentar este presunto alienígena.

En esos otros mundos de diferentes gravedades, radiaciones, atmósferas y dietas, lo que se baje del OVNI probablemente sea más para desalarse que para acurrucarlo. De ahí que las posibilidades de que una mesa redonda o un revolcón intergaláctico en estos momentos se presumen algo remotas.

Lo que no lo es tanto en el hipotético caso de que lográramos echar una conversa con ese alien es el asombro que le causaría el caminar de la perrita que llevamos en la Tierra. Y el mismo rezongo nos llevaremos de Flipper, cuando el señor Jussi Karlgren termine de componer el lenguaje de los delfines.

No hay que olvidar que a los delfines y semejantes les estamos calentando el océano, trastocando con ello sus áreas de distribución de alimento, los ciclos de reproducción y hasta los movimientos migratorios, y se lo estamos empocilgando con ocho millones anuales de toneladas de plásticos que matan cada año a más de un millón de aves, y a unos cien mil mamíferos marinos, por no hablar de los charqueríos en los que se acumulan aceites e hidrocarburos, como ocurre aquí debajo, justo en el delta del Níger, donde la Shell ha derramado desde 2007 millones de barriles de petróleo, y subiendo, creando una de las diez zonas más pringosas del mundo.

Así que cuando ese grupo de delfines contacte con Karlgren y se erija en portavoz de la fauna que estamos machacando en nuestra calidad del centro del mundo y los más listos de la clase, probablemente nos explicará que hemos tenido que crear toda una inteligencia artificial para intentar comprender algo, dado que con la natural es que no estamos dando pie con bola.

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