Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

SOL Y SOMBRA

Complicidad

Yanis Varoufakis, exministro griego de Finanzas que durante un tiempo encarnó mejor que nadie a la izquierda radical, ha visto en el riesgo de Marine Le Pen la gran excusa para alejarse de la inquietante equidistancia que no permite distinguir entre el bien y el mal. O, si se quiere, el mal menor y la debacle. Ha pedido el voto en la segunda vuelta electoral francesa para Macron. Se niega a formar parte, según él mismo ha dicho, de una generación de progresistas europeos que hubiera podido impedir que Marine Le Pen ganara las elecciones y no lo hizo.

Posiblemente la amenaza de Le Pen no llegue a consumarse y Francia pueda seguir siendo un país consecuente con Europa y los principios en que se sustenta desde la Ilustración. Pero está bien que en los confines de la izquierda reviva un sexto sentido con que poder diferenciar a un demócrata reformista como Macron de una neofascista como es Le Pen. Si ni siquiera entendemos eso, estamos perdidos.

El problema es cuando se entiende y por las razones que sean no se comparte. Como es el caso de Mélenchon en Francia, cuya afinidad en determinados asuntos con la candidata del Frente Nacional le impide pedir el voto para su adversario. O del podemismo chavista en España. Aunque en este caso la incoherencia es menor: quienes no condenan al golpis-ta Maduro no pueden llamarse demócratas.

Entretanto, Javier Fernández le ha escrito una curiosa carta a ese espíritu solidario con la dictadura venezolana que es Pablo Iglesias en la que aprovecha para pedirle que haga llegar a Mélenchon la preocupación socialista por la neutralidad cómpli-ce y el equilibrismo electoral frente a la amenaza fascista. Se desconoce hasta dónde alcanza el candor.

Compartir el artículo

stats