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CARTAS A GREGORIO

Manuel Ojeda

Periodista

El mapamundi

Querido amigo, mucho ha cambiado aquel mapamundi que de niños veíamos colgado en la pared del colegio. La caída del muro o los conflictos en los países árabes han ido redibujado el mapa de las naciones y, a día de hoy, los más viejos no se aclaran todavía si les están hablando del Kurdistán, Uzbekistán o Kazajistán, porque no saben dónde coño están, y cuando oyen que hay un follón en Oriente, se piensan que Franco ha vuelto a armar la marimorena en la plaza madrileña de Oriente... En la España de los sesenta, nadie sabía lo que estaba pasando en el resto del mundo aunque lo teníamos a la vuelta de la esquina, y mucho menos de lo que se estaba cociendo en los países del Este. Pensábamos que los comunistas tenían cuernos y rabo y que en toda la Unión Soviética hablaban ruso. Era como cuando alguien me contó que había leído un anuncio en el periódico que decía: Joven enseña el búlgaro. "Menos mal que llamé antes", me dijo el sujeto, "porque resulta que era un idioma..."

Cuando venía la flota francesa al Muelle de Las Palmas con el Clemensau, aquel enorme portaaviones, miles de marineros franceses se repartían por toda la isla y nosotros, aunque habíamos estudiado francés en el bachillerato, solo llegábamos a recitar aquello de "la cigale avait chanté tout l'été..." sin saber realmente lo que estábamos diciendo. Solo Domingo Vera, uno de los amigos del Colegio Labor de Telde, se entendía bien con los franchutes.

Por su parte, mi hermano Claudio y Secundino Estupiñán se atrevían a hablar un francés sui géneris para intentar ligar con las guiris en las discotecas. Una de las ocurrencias más célebres de Secundino fue que, estando con una extranjera en una discoteca del Puerto, vio que se le había caído una mosca en el cubata y le dijo: "Mademoiselle, Mademoiselle, un dipteré dans la Pepsi Colé". A saber lo que entendería aquella muchachita que, además, era sueca. Otro buen elemento era nuestro querido amigo Paco el barbero, que, por cierto, el otro día lo vi y me dijo que sigue con la barbería abierta. Le decíamos El sueco y, con su impecable corte de pelo y su buena planta, ligaba con las extranjeras como nadie. Lo que no sabemos es cómo se entendía con ellas, aunque eso era lo de menos... Tampoco tenía mucho que hablar Juan, del que no digo el nombre porque me mata, que cuando se estaba morreando con una alemana se le quedaron las paletas postizas en la boca de la rubia... La teutona casi se ahoga y, cuando consiguió escupirlas, Juan estuvo horas buscándolas por la playa. Qué tiempos aquellos, Gregorio, y qué pequeño era el mundo para nosotros. Solo había canarios y peninsulares, y a los que no entendíamos decíamos que hablaban extranjero. Hoy, el enorme y complicado mapamundi que nos muestran las televisiones no tiene nada que ver con aquel de entonces, ni a nosotros nos importa mucho.

Un abrazo, amigo, y hasta el martes que viene.

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