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AULA SIN MUROS

Los hombres no lloran

Los convocantes a la "quedada" esperaban que fueran 4.000 y, según asistentes, "había más periodistas que gente llorando". Habían sido llamados, a través de las redes, para llorar. Entre los motivos de lloro publicados por los responsables del lastimoso quede se decía que podría ser cualquier cosa que les afligiera, una noticia dolorosa de última hora, ser una experiencia lúdica, terapéutica o simplemente, dejarse llevar y hacer que fluya el lloro aunque para ello algunos y algunas, se frotaran los ojos con hojas de cebolla. El fracaso de tan inusual convocatoria, que parece también se produjo en otras ciudades, se debe que el desparramar lágrimas de tristeza nunca es un sentimiento forzado salvo que se trate de las plañideras de pago que lloraban, sin desconsuelo, detrás de los féretros en los entierros de la antigua Roma o, sin ir tan lejos, el de las máscaras vestidas de viudas cuando despiden las fiestas carnavaleras en el entierro de la sardina. Esto no significa que el llorar no sea beneficioso para descargar el ánimo de cuitas y frustraciones. Psiquiatras, médicos y psicólogos suelen tener en las cajoneras de sus mesas de despacho pañuelos desechables que ofrecer a pacientes cuando lloran con un fuerte contenido emocional que nos remite al proverbio popular de "lloró como una Magdalena" en referencia al llanto desconsolado de María Magdalena por la muerte de su admirado maestro, o algo más, Jesús de Nazaret. En este caso lloran, y con razón, por problemas o preocupaciones que les acucian y que supone una descarga catártica, liberadora, de todo o parte de la congoja que les atenaza y que, al llorar, sirve de alivio y cumple, como la neurohormona citosina, la misma función que un beso. Una expresión de alma desnuda ante alguien de quien se espera un alivio ante la desolación por la pérdida de algo o alguien, la aflicción y la tristeza por un sentimiento de soledad o abandono que se siente muy adentro. Pero también se llora de la alegría que, siquiera sea por un momento, transforma la realidad, disipa penas que según algún diccionario "es todo aquello que alegra y expansiona el ánimo". Hay sentimientos explosivos de alegría por un feliz encuentro de familias, reencuentros de enamorados, un tiempo despechados, tantas veces publicitados por la televisión en los que se exponen secretos e intimidades a través de programas que suponen una exhibición casi impúdica ante pico de audiencias millonarias. No le hace asco a sus protagonistas, delante de la augusta pantalla, responder a la llamada de los medios para tener sus minutos de gloria en una presentación pública que sonroja a más de uno incluidos los que disfrutan de ver cómo se explayan en lloros desgarradores ante preguntas de presentadores y presentadoras con intenciones de escarbar en asuntos a cual más llamativo y morboso. Que también se pasa, con facilidad, del llanto a la risa lo prueba el hecho de que, como versa o canta una sentencia del campesino y gaucho argentino que dice: "?y yo he visto en los velorios las chacotas más graciosas". Remedo del dicho popular de que "no hay boda sin lloro ni velorio sin risa".

El fracaso de la popular "quedada" hay que situarlo en esta manera forzada de hacer que aparezcan las lágrimas cuando se trata de una expresión íntima, personal, ajena a un llamamiento general artificial y forzado. Expresión emotiva, íntima, traducida, a veces, en pocas o lágrimas secas más indicativas de dolor que las que estallan en lastimeros o estentóreos llantos. Entre los pocos asistentes a la llorosa llamada parece ser que había más mujeres que hombres. Demostración de que, desde siempre, han sido más proclives al llanto fácil que los hombres. Quizá porque todavía existe arraigado en el inconsciente colectivo aquel viejo dicho, casi severa conminación, de los abuelos y padres de antes a los niños: "Los hombres no lloran". Hoy ya no se considera signo de flojera el que un hombre llore en público cuando antes sacaba el pañuelo para enjugarse las lágrimas en los lugares más recónditos de la casa. Igual que el beso entre iguales masculinos que, también en tiempos pretéritos, estaba reservado a las mujeres. Respecto al evento de tan original llamamiento hubo una madre que escuchó, en familia, la noticia y sentenció, con la típica socarronería isleña: "Hay gente que parece que no tiene nada que hacer". Y alguien de los presentes, con un leve movimiento de cara, arriba y abajo, se limitó decir: "Pos sí".

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