En un bello relato que gana el concurso del New York Times de Amor moderno entre estudiantes del College, el protagonista nos cuenta cómo se enamoró de una compañera india de religión hindú y practicante. Él, que se había cambiado de sexo y había adquirido un aspecto muy viril, temía su reacción cuando inevitablemente tuviera que decírselo. "No tenía ni idea", le contesta al final de la confesión, "no me importa: simplemente dime si digo algo estúpido, ¿vale? No sé nada de todo esto". El amor florece y tienen una relación intensa y plena. Pero hay un obstáculo que ambos saben insalvable: la barrera de la religión y la etnia. Imposible planear su vida en común. Entonces concluye: "Por qué no buscar refugio, aunque sea finito y amenazado, en nosotros... nuestro amor silencioso y sin fronteras".

Con la ética se trata de dar respuesta a la difícil pregunta: ¿cómo vivir y ser feliz? En el mundo occidental quizá los filósofos que tienen más prestigio son los estoicos, más próximos al cristianismo de renuncia a los placeres del mundo: vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero. Se opone al consejo de los epicúreos, que dictan el carpe diem. Ellos no creían en la vida eterna; por tanto, había que vivir con intensidad el presente. Frente a la idea de que el cuerpo humano es fuente de inquietud, amenazado por el hambre, el dolor, la enfermedad y la muerte, lo ven "henchido de posibilidades, de misterios, de organización y de sensibilidad", como dice Lledó en Epicureísmo. Se descubre que el cuerpo es también naturaleza y como ella puede gozar de momentos sublimes : "Desde el firme territorio de la sabiduría, poder contemplarlo, entenderlo y, sobre todo, sentirlo". El epicureísmo no significa drogas, sexo y rock&roll. Más bien recomienda el refinamiento de los placeres del espíritu, especialmente la amistad. Coincide en buena parte con los consejos de la llamada psicología positiva. Los resume así el Health Beat de la Harvard Medical School, donde se sostiene que su práctica lleva a una vida más plena y más larga. Dos de esos consejos tienen que ver con vivir el momento. Uno, saborear el placer, bajar el ritmo y disfrutar lo bueno de cada día cuando ocurre; el otro, practicar la conciencia plena: concentrarse en el aquí y ahora. El resto son: cultivar la gratitud, retener el sentido de propósito y enfatizar lo positivo de cada situación o circunstancia.

Creo que el cuento de Malcolm Conner habla de todo esto. La cuestión es por qué el ser humano tiene que hacer un esfuerzo para llevar una vida acorde con los consejos de la psicología positiva, o cualquier otra ética.

No hay duda de que somos seres raros con una carga importante del pasado y una presencia permanente del futuro. El presente es una delgada línea en la que apenas habitamos. Tratar de vivir intensamente en él va contra nuestra propia naturaleza porque nuestra mente está diseñada para vivir en el pasado y, principalmente, en el futuro. Quizá más que Homo sapiens somos Homo prospectus, como propone Seligman, director del Penn Positive Psychology Center, conocido fundamentalmente por sus investigaciones sobre cómo superar las situaciones de amenaza que conducen a la inhibición. Selye cuando acuñó el término s tress definió dos respuestas para resolverlo: lucha o huida. Más tarde se completó con la tercera, quizá la más común en nuestra sociedad: la congelación. El sujeto amenazado se retrae, física o psíquicamente, con un coste brutal para su salud. Seligman, como consecuencia de sus investigaciones sobre cómo salir de ese impasse, dio con la psicología positiva.

El psicoanálisis consiste en traer a la conciencia un pasado en el que se ocultan conflictos latentes que producen distorsiones psíquicas y somáticas. Somos, en esta disciplina, víctimas del pasado. Pero nuestro cerebro está diseñado para pensar en el futuro y no está apenas dirigido por el pasado. Porque la memoria es fluida, recordamos y reelaboramos lo que nos interesa. Escarbar en ella no asegura que lo que aflora sea lo ocurrido, no es un archivo fiable. En el psicoanálisis se reelaboran y desfiguran los recuerdos, se toma de aquí y de allá lo que interesa. Lo mismo que de la realidad observamos y procesamos lo que despierta nuestra atención. No somos como cámaras de cine, por eso cuando vemos un vídeo de nuestro entorno nos sorprendemos. Nuestro aparato mental está preparado para planear, incluso las emociones tienen más que ver con prepararnos para el futuro que con reacciones al presente. Los estudios que recogen el diario minucioso de los pensamientos de los voluntarios muestran que pasamos tres veces más tiempo pensando en el futuro que rumiando el pasado. De hecho, los depresivos, más que estar embarrados en el pasado, sufren porque apenas tienen pensamientos positivos sobre el futuro.

Malcolm quiere vivir un presente frágil, sin planes. Es difícil porque somos flechas lanzadas hacia el futuro. Por eso se requiere tanto esfuerzo para practicar la conciencia plena.