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Conversación con Juan Wojtysolo

En el año 1975, quienes hacíamos la revista literaria Juan Canas decidimos -tras no pocas deliberaciones en las sedes volantes que nos albergaban: Casa Cundo, Bar Sevilla y, créanme, el División Azul, por su vecindad con la antigua Facultad de Filosofía y Letras- abrir su primer número con una entrevista a nuestro admirado y rompedor Juan Goytisolo, fallecido el pasado domingo en Marrakech. La firmó un genérico Juan Canas, evidente seudónimo bajo el que se ocultaba quien se ocultase. Tras un recordado chascarrillo sobre el título de la misma ( Conversación con Juan Goytisolo), producto del ingenio de Emilio Alarcos Llorach y que ni bajo tortura reproduciré aquí, recuerdo que fue José María Martínez Cachero quien nos aventuró apesadumbrado que quizá se nos avecinasen problemas: tenía razón, como siempre. Bien por nuestra ingenuidad, bien por nuestro afán de subvertir el orden academicista reinante, bien por nuestro descaro, bien por creer inconscientes que vivíamos en libertad, colamos declaraciones de Goytisolo sobre la Guerra Civil que decían: "Las capas medias, pequeños burgueses, los terratenientes absolutistas, los núcleos católicos luchaban por una España arcaica" o "Los caídos del lado nacional murieron por una causa que no era la suya" o "Evidentemente era mucho más bello y mucho más fácil morir por Dios, por la Patria y el Rey que por los intereses del capital monopolista". Si bien hoy ni una monja clarisa se escandalizaría ante tales asertos, hace 42 años formaron una tan buena que, en mi calidad de director de Juan Canas, encanecí lo mío dando explicaciones aquí o allá, recibiendo generosas promesas de agresión, y sufriendo severísima reprimenda de cierta autoridad competente -censora, por supuesto, y de cuyo nombre me acuerdo perfectamente- no exenta de amenazas judiciales. Pues bien, desde entonces, mi admiración por Juan Goytisolo no ha dejado de decaer.

Mi creciente desinterés -que cualquier psicólogo achacaría a miedo pánico por revivir tamaño susto- lo anoto yo a la contumacia de un Goytisolo que tan a gusto parecía sentirse instalado en la continua queja, en la bronca pertinaz contra casi todos sus colegas de letras presentes y pasados, en su prédica cansina para exigirnos a todos contrición por los pecados de generaciones tan anteriores. Sigo apreciando, cómo no, algunas virtudes de Duelo en el paraíso, de Señas de identidad, de la Reivindicación del conde don Julián o Juan sin tierra... Pero poco más allá puedo ir. Su frecuente lamento por sentirse ninguneado en su país (a pesar de contar con el Premio Nacional de las Letras Españolas o el Cervantes entre muchos otros: consúltese la wikipedia); su obsesiva insistencia en que sus artículos no contaban con la universal aquiescencia que creía debida (a pesar de las traducciones, estudios, tesis, ponencias que se le dedicaban); su aura tan cultivada de escritor perseguido, censurado, despreciado o menospreciado (a pesar de las muchas tribunas que se le ofrecían y aprovechaba para contar sus tribulaciones); su tono apocalíptico que no conocía el descanso (y que empujó a Juan Benet a escribir la que sería su última columna, en 1992: "Wojtysolo", jugando con el nombre de Juan Pablo II y el de nuestro autor)... Acabaron por producirme un hartazgo del que ya me resultaba imposible desprenderme.

Pero, hombre, cómo dices eso (ya oigo protestar a mis amigos goytisolianos, muchos); pero, hombre, Campos de Níjar, Makbara...; pero, hombre, si fue el gran disidente, el campeón del no. Tendrán razón. Sin embargo, al pensar en estas apostillas y, sobre todo, en el alud de alabanzas rendidas que se acercan, no puedo dejar de imaginarme a Juan Goytisolo revolverse en la tumba y protestar: "¿Cómo tan solo gran y campeón? ¿No veis, ciegos obcecados, de qué modo me siguen haciendo de menos?"

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